Por: Reinaldo Spitaletta

Terror en la torre

Ciudades de Laderas y, en las últimas décadas, de edificios, muchos de ellos tuguriales, sin espacialidad pública y con apartamentos que más parecen calabozos.

Ciudad de desigualdades sociales y económicas en la que, ancestralmente, las élites han sentido un profundo desprecio por el humillado, por el que ellas han denominado el descastado.

En las encumbradas pendientes de Medellín, que tiene lomas en los sectores de clase alta, como El Poblado, y en los de los pobres, como San José del Pinar, Llanaditas, La Sierra, ha habido decenas de tragedias. Hasta un avión de carga cayó, hace muchos años, cerca de las cuestas de Santo Domingo Savio y la tierra amarilla de la zona quedó poblada de esparcidas cajas con bluyines y otras mercancías.

Y fue en aquel barrio de “invasión” en el que ocurrió un derrumbe, que en todas las temporadas de lluvia es pan cotidiano en las barriadas altas de la ciudad, incluido, como excepción trágica, alguno que sucedió en las inmediaciones de El Poblado. El de Santo Domingo dejó sepultadas muchas vidas, cerca de ochenta, bajo 4.000 metros cúbicos de pantano. Fue el destino final de muchos que allá llegaron, huyendo de la violencia de otras geografías y buscando un pedazo de tierra para levantar sus ranchos.

En septiembre de 1987, un alud de espanto enterró un domingo a casi quinientas personas en la tragedia de Villatina. La avalancha, en el imaginario popular, se atribuyó al estallido de un arsenal que el M-19 tendría en la parte alta de aquel barrio. Como hubiera sido, la ciudad estuvo mucho rato de luto por la muerte de tanta gente, casi toda desprotegida y acosada por los desamparos y las carencias.

Hoy ha vuelto el infortunio, al derrumbarse una de las torres del edificio Space, en El Poblado, una zona que, al parecer, ya no resiste más construcciones, abrumada por el hacinamiento de cientos de edificaciones en altura. Todavía no se sabe si el desplome ocurrió por fallas estructurales, por errores de ingeniería, por debilidades geológicas o por el empleo de materiales inadecuados. O por otras causas. Y como casi todo en Colombia es post mórtem, entonces el Gobierno ya anunció “mano dura” y medidas para que los constructores no se auditen ellos mismos y se controle desde afuera la calidad de los materiales.

Hace muchos años uno de los ahora dueños de la constructora CDO, la misma de las torres Space, en una especie de atentado no sólo contra el paisaje sino contra la gente, llenó parte de las hermosas llanuras de Niquía y el pie del cerro Quitasol, en Bello, de casuchas con servicios, en un “negocio redondo” en el que, por lo demás, estuvieron implicadas autoridades de ese municipio. Hoy, en otras de sus obras en Medellín y Copacabana, los residentes sufren por los agrietamientos, fisuras, desmoronamientos y mala calidad de los materiales, según denuncias periodísticas.

La desgracia del Space, sobre todo la de sus moradores, de las víctimas, de los desaparecidos, puso en tela de juicio el papel de las curadurías, lo mismo que la planeación urbana, los planes de ordenamiento territorial y a aquella construcción que por encima del bienestar público y privado busca ganancias a ultranza. Lo de menos sería la estética de los edificios, pero habría también que incluir el rubro en esa especie de perversión urbanística que parece reivindicar los esperpentos y el mal gusto que se nota en muchas de las edificaciones.

El colapso de la torre evidenció, por ejemplo, que el curador de esa edificación no tenía la pericia suficiente para desempeñar el cargo. ¿Qué otras irregularidades habrá? ¿Qué disposiciones legales fueron violadas? Muchos interrogantes se formulan tras la tragedia del Space que, como las de los numerosos deslizamientos en barrios pobres (como el de La Gabriela y sus 82 muertos), pasan a engrosar el fatídico catálogo de una ciudad de crecientes brechas sociales.

El doloroso drama de los habitantes del Space ojalá sirva para replantear políticas urbanísticas antes de que ocurran nuevas tragedias.

 

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