Por: Marcos Peckel

Terror en Noruega

Europa vuelve a ser el escenario de una nueva manifestación de la violencia de la ultra derecha, esta vez en uno de sus países más tranquilos.

Herederos de una mitología de gigantescos dioses de la guerra y el mar y de una extraordinaria historia de feroces y valientes navegantes, los vikingos, que surcaron los mares en imponentes embarcaciones, azotando las costas europeas y llegando a América 500 años antes del nacimiento de Colón, los noruegos y sus vecinos escandinavos han ascendido a un envidiable sitial de desarrollo y evolución social.

Noruega, país de cinco millones de habitantes, primer lugar por años en el índice de desarrollo humano de la ONU, con ingreso anual per cápita de US$85.000 según el BM, uno de los cinco países más igualitarios del planeta, desempleo inferior al 3%, educación, salud y pensiones cubiertos por el Estado, un multimillonario fondo de reserva para las futuras generaciones y menos de 20 asesinatos al año.

Noruega no es miembro de la Unión Europea pero sí de la OTAN y en los últimos años ha asumido el rol de mediador en procesos de paz, incluidos los acuerdos de Oslo entre Israel y los palestinos, una fallida negociación entre los tigres tamil y el gobierno de Sri Lanka y facilitadores de los diálogos en Colombia entre las Farc y el gobierno en los años del Caguán.

De repente, sin aviso y sin señal alguna este apacible y próspero país fue sacudido por la barbarie de uno de sus hijos, intoxicado con una ideología de extrema derecha, xenófoba, racista y violenta.

Un fantasma recorre Europa. El ascenso de los partidos de extrema derecha es patente en varios países incluido Noruega, donde el Partido del Progreso que profesa esa ideología obtuvo un importante caudal de votos en las últimas elecciones. Hace sólo un par de años en la neutral Suiza los electores votaron a favor de prohibir la construcción de minaretes.

El histórico péndulo europeo que en los años de la Guerra Fría oscilaba entre la derecha moderada y la social democracia tiene ahora que convivir con estas nuevas agrupaciones que alteran su mapa político. La presencia creciente de inmigrantes musulmanes y africanos está generando una crisis de identidad en sectores de la sociedad europea.

La crisis y el desempleo, que no han tocado a Noruega, y la incertidumbre frente al proyecto de unión europeo, se han convertido en caldo de cultivo para extremismos de los que Europa no es ajena.

Si Londres y Madrid fueron víctimas de yihadistas, Oslo abre un nuevo frente en Europa; el de hijos de la tierra dispuestos a todo por una ideología que debió haber quedado sepultada en las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.

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