Por: Columnistas elespectador.com

Terror ridículo

Llego al teatro. —¿Preparada para el estreno? —preguntan—. ¿Cuál estreno? —digo aún sin entender—. Mierda, ¿es hoy? —Y en efecto lo es. No he practicado, no lo he preparado, no me sé el texto. Me pregunto por qué no ensayé; me recrimino, me digo a mí misma que soy una mediocre, que lo tengo merecido. ¿Y ahora? Terror puro.

Me despierto sudando. Es un sueño recurrente. No. Es una pesadilla. No soy la única actriz que la padece. Sé de otros colegas que también sufren en las noches. Enfrentarse a un público sin saber con exactitud qué es lo que se tiene que hacer es como acercarse a un precipicio y que lo empujen a uno hacia el vacío. Y mientras cae pensar en por qué se paró en el borde si sabía que existía el riesgo de precipitarse. Hacer el ridículo. Ese es mi “caer al vacío”. Ridículo en el sentido de estar “expuesto a la burla o al menosprecio de las gentes, sea o no con razón justificada”, según esta definición de la RAE. Por eso los actores ensayamos y repetimos una y otra vez durante largas jornadas para que nadie nos empuje al precipicio y así tratar de tener el control, la fuerza necesaria para evitarlo. No puede haber espacio para la equivocación. Hay presión. Y por eso, los instantes previos a la apertura de un telón —que tanta curiosidad causan en quienes no trabajan en esto— son para mí lo más parecido al infierno. Porque no importa cuánto haya ensayado, siempre habrá un margen de error posible. Mi capacidad de controlarlo llega sólo hasta un punto. El resto lo lidera el azar que siempre juega conmigo en el escenario. Detrás de la cortina soy como un condenado a muerte que, aunque no quiera, tiene que aceptar la condena y con ella los retortijones en el estómago, las ganas de vomitar, el sudor en las manos, el cuello que cruje; termino por encomendarme a Dios, a los espíritus, a los seres de luz. Todo en lo que creo y no creo reunido en un instante acompañado por las voces de un público tranquilo que espera afuera; tranquilidad que envidio. Todo suena demasiado dramático. Ya lo sé. Un colega me mira y se burla. Me dice que a él no le pasa así. A mí sí. Una vez suena el último timbre camino con los ojos abiertos hacia el lugar donde está mi verdugo y por más que quiera arrepentirme, ya no hay marcha atrás. ¿Y cuál es el miedo? Que si no sale como espero, ¿me señalen?, ¿lo que pueden decir de mí?, ¿que fracasé?, ¿que no pude?, ¿enfrentarme a la vergüenza y no saber qué hacer con ella? Es todo eso y más. Porque para seguir adelante —infortunadamente— queremos la ovación, la aceptación del otro, que nos digan que estuvo bien —o mal—. Como si necesitáramos encontrar certezas en lo que hacemos. Ego. Para algunos el enemigo, para otros lo más importante a la hora de ser creativo. Pero también está la pena, el respeto por el público. Espera que yo no falle, que no me burle. Y habrá noches buenas y otras que será preferible olvidar. Simplemente serán “una noche más de teatro”. Ahí estaré, detrás de la cortina, al borde del precipicio. Tendré dos opciones: dar la vuelta —no es la mía— o entrar al escenario, aún con el miedo al ridículo y convertirlo en un nuevo estado de conciencia o mejor, en un nuevo estado de disociación de conciencia: ese delírium como método infalible para desligarme de la realidad y dejar de sufrir. No veo otra explicación posible ante la necesidad de autoprovocarme terror.

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Carolina Cuervo

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