Por: Nicholas D. Kristof

Terrorismo y la olimpiada

LOS INFORMES DE CONJURAS TErroristas que emanan este año desde esta región musulmana en el lejano oeste de China pudieran parecer imaginarios: Una fallida conjura enfocada a poner una bomba en un avión; una reserva de TNT con miras a plantar bombas en la Olimpiada de Verano; incluso una “violenta pandilla terrorista” que planeaba secuestrar atletas olímpicos.

Sin embargo, los anteriores no son susurros en internet. Son informes que vienen del gobierno chino. Así que tomé un vuelo a este lugar, Kashgar —un oasis en la antigua Ruta de la Seda, donde los minaretes y camellos y tapetes suministran un ambiente mediooriental— para encontrar terroristas.

En vez de eso, el Ministerio de Seguridad de Estado de China me encontró a mí. Había estado en Kashgar apenas por unas cuantas horas cuando mi videógrafo, quien es de origen chino, se comunicó para informarme que dos oficiales vestidos de civil lo estaban interrogando. Le habían pedido que no me dijera nada, ya que los periodistas estadounidenses tienden a ser delicados con respecto a ese tipo de cosas.

El interrogatorio fue una indicación de la ansiedad de las autoridades con respecto a la estabilidad en el oeste musulmán de China. Los separatistas aquí, en la región de Xinjiang, se proponen crear la nación del “Turquestán Oriental” y han hecho estallar las estaciones de policía de manera periódica; llegando incluso a plantar bombas en tres autobuses públicos, en 1997.

El gobierno chino ya reclamó que 162 personas fueron asesinadas en ese tipo de ataques terroristas por parte de separatistas uigures, entre 1990 y 2001. En el ínterin, China ha condenado a más de 200 personas a muerte desde 1997 por haber participado en delitos relacionados con el separatismo.

El año pasado, funcionarios chinos dijeron que 18 personas habían perdido la vida luego de que la policía lanzara una redada sobre un campamento de entrenamiento de terroristas uigures, los cuales tenían nexos con la red Al Qaeda. Esta redada dio como resultado el decomiso de 1.500 granadas.

Después, en marzo, China anunció que había frustrado una conjura enfocada a “crear un choque aéreo”, en una aeronave de pasajeros poco después de haber despegado de Urumqui, la capital de Xinjiang. En abril, las autoridades dijeron que habían confiscado explosivos de uigures que estaban planeando ataques suicidas con bombas.

“Esta violenta pandilla del terrorismo planeó en secreto los secuestros de periodistas, visitantes y atletas durante la Olimpiada en Beijing”, informó Prensa Asociada (AP), citando las palabras de un portavoz del Ministerio de Seguridad Pública, Wu Heping.

Después, apenas en este mes, un atestado autobús estalló en Shanghai, matando a tres personas y dejando heridas a muchas más. Nadie se adjudicó la responsabilidad en público, pero el atentado hizo surgir recuerdos de los atentados con bombas por parte de uigures dentro de autobuses, en 1997.

Ronald Noble, el secretario general de la Interpol, citó estos incidentes —así como informes de una conjura separatista enfocada a interrumpir los Juegos Olímpicos con gas venenoso— y declaró en rueda de prensa que un atentado terrorista en la Olimpiada era “una posibilidad real”.

No quedó del todo claro qué se podría extraer de lo anterior, ya que mientras caminé por Kashgar, encontré los alrededores notablemente en calma. Yo no anticipaba el descubrimiento de una célula terrorista, pero sí había anticipado mayor hostilidad hacia el gobierno. Los uigures ordinarios con los que conversé expusieron quejas veladas, pero no estaban que echaban humo como los tibetanos.

“A nadie le gusta la idea de que todos los chinos se muden a este lugar”, dijo un tendero uigur. “Por supuesto, todos estamos molestos. ¿Pero, qué podemos hacer?”.

Una joven mujer ofreció una perspectiva diferente. “Cuando yo era una niñita, mi mamá solía decirme: ‘No te pierdas, o los chinos Han te robarán. Ellos comen carne humana’ ”. Entre risas, agregó: “Pero, actualmente, nosotros vemos más Han, y no les tememos. Las relaciones están bien”.

Algunos jóvenes uigures criticaron la Olimpiada de Beijing, diciendo que los juegos dragarán los presupuestos locales. Con todo, yo podría haber encontrado sedición antigubernamental más dura en cualquier esquina de una calle en Manhattan.

La única emoción que encontré en Kashgar fue la de hacerles promesas irresponsables a oficiales de Seguridad de Estado que me seguían cada vez que salía del hotel en el que me hospedaba.

Normalmente, el gobierno chino les resta importancia a los riesgos de seguridad, pero grupos por los derechos humanos arguyen de manera convincente que China está utilizando la inquietudes con respecto a los uigures como una excusa para aplicar severas medidas en contra de pacíficos disidentes uigures. Después del 11 de septiembre de 2001, China declaró su propia guerra en contra del terrorismo en Xinjiang, pero el grupo Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado que, con frecuencia, esto ha convertido en objetivos a uigures totalmente opuestos a la violencia.

Para mala fortuna, la administración Bush ha respaldado en buena medida esta versión china del combate al terrorismo. De hecho, un informe del Departamento de Justicia emitido este mes deja entrever que tropas estadounidenses suavizaron a prisioneros uigures en la Bahía de Guantánamo, en nombre de interrogadores chinos que estaban de visita. Las tropas estadounidenses dejaron de alimentar a los uigures y les impidieron dormir, justo antes de permitir el acceso de sus invitados, los interrogadores chinos.

Eso fue una vergüenza; (los estadounidenses) no deberíamos hacer el trabajo sucio de China. Fue un ejemplo más de una instancia en la cual la administración Bush permitió que el combate al terrorismo socavara nuestra claridad moral.

Deberíamos exhortar a China para que tolere a manifestantes pacíficos, incluso al tiempo que persigue judicialmente a terroristas. Pero, en vez de aclarar esa distinción, en años recientes hemos ayudado a que China la borre. El riesgo de terrorismo durante la Olimpiada es real, pero eso no debería obligarnos a infligir violencia sobre nuestros principios.

*c.2008 - The New York Times News Service.

 

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