Por: Augusto Trujillo Muñoz

Testigo del siglo XXI

El 11 de octubre de 1962 el papa Roncalli —quien había adoptado el nombre de Juan XXIII— instaló el Concilio Vaticano II. Aquel evento significó importantes cambios para los católicos de entonces. El propósito del Concilio no solo fue adaptar la disciplina interior de la Iglesia a las necesidades de su tiempo, sino lograr una renovación moral en la vida cristiana para asumir una apuesta más comprometida por el ser humano.

Roncalli conectó el mensaje de la célebre encíclica Rerum novarum, promulgada a finales del siglo XIX, con las relaciones de los individuos y las distintas comunidades políticas vigentes en el siglo XX. Reclamó solidaridad eficiente, comprometió a la Iglesia con la suerte de los sectores más vulnerables y defendió la causa de la libertad, el valor de la convivencia y el respeto a las minorías étnicas, en un mundo fracturado por la sobreideologización en los albores de la Guerra Fría.

No solo rechazó la política del miedo, sobre la cual las grandes potencias montaban el equilibrio planetario, sino que pidió el desarme de los Estados y el de los espíritus. Abrió las puertas para que los católicos entendieran el alcance de la libertad religiosa y de conciencia no solo como necesidad, sino como derecho humano. A Roncalli le correspondió su ejerció papal mientras en el mundo se entrecruzaban fuertes liderazgos: John Kennedy, Nikita Kruschev, Charles de Gaulle, Winston Churchill, Fidel Castro, Konrad Adenauer, Jawaharlal Nehru, MaoTse-Tung. En ellos, más allá de sus intereses políticos, se percibían preocupaciones por el futuro de la humanidad.

Entre Roncalli y Bergoglio hubo cuatro papas: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. De los seis, Francisco es el único que no asistió al Concilio Vaticano II. Pero también es el único que ha gobernado de manera consecuente con el espíritu conciliar. Roncalli murió en el quinto año de su pontificado y no alcanzó a desarrollar muchos de sus propósitos renovadores. Algunos de ellos se enredaron en la compleja urdimbre de la burocracia vaticana y no pudieron ser rescatados por sus sucesores o, simplemente, se abstuvieron de hacerlo.

Bergoglio aún no cumple su primer lustro y ya ha mostrado suficiente talento como para evitar que lo enrede aquel entramado inextricable. Sus mensajes de cambio se proyectan incluso sobre quienes no son católicos. Por supuesto, el papa no quiere propiciar rompimiento alguno, sino construir sobre lo construido. Solo que utiliza materiales inéditos. Es un papa que, con los pies puestos en el presente, le apuesta al futuro, pero apelando a la ternura y a la misericordia. Por eso se parece mucho más a un pastor que a un príncipe, en un medio proclive a la ecuación inversa.

Más allá de su liderazgo espiritual, Bergoglio se erige en un ejemplo orientador, en un guía responsable, en una conciencia crítica. El desajuste del mundo actual obedece a una confusión de valores, pero también a la ausencia de responsabilidades dirigentes. Tal vez nunca hubo tantos pueblos gobernados por corifeos tan necios o tan ineptos: Trump, Putin, Netanyahu, Al Bashir, Kim, Maduro. Parecería que el papa fuera el único líder al cual le interesa el futuro de la humanidad. Esa es razón más que suficiente para atender al mensaje que trae a los colombianos: Francisco es el testigo del siglo XXI.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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