Por: Rodolfo Arango

Themis vence a Afrodita

Pregunté a una amiga radicada en Nueva York durante su fugaz visita a Bogotá qué diferencia la opinión de prensa en ambos países.

Sin dudarlo mucho respondió que donde vive, los columnistas se ocupan de muchos temas, mientras que acá la gran mayoría de ellos habla de normas. Debo decir que su respuesta me sorprendió. Caí en cuenta de lo judicializada que está nuestra realidad. Hablamos permanentemente de corrupción, clientelismo, inflación de leyes e incumplimiento de normas, sentencias de las cortes Constitucional y Suprema. Lo judicial copa la deliberación pública. Varias explicaciones del fenómeno social vienen a la cabeza.

Ciertamente la “juridificación” del mundo de la vida, según el filósofo Habermas, es un suceso mundial. La expansión del capital y del poder burocrático por medio del derecho afecta a todas las sociedades, eliminando los espacios propios de la solidaridad y la espontaneidad. No obstante, el reduccionismo normativo de la vida social y política parece golpear más duramente a las sociedades periféricas con altos niveles de desigualdad y de pobreza, a diferencia de los países del Norte, donde la recreación simbólica de la vida es más rica y diversa. Una opinión más pesimista es la del sociólogo Ulrich Beck, quien percibe la lenta pero segura “tercermundialización” del primer mundo por vía de una entropía de dimensión global. El terrorismo ubicuo y la degradación ambiental son fuertes argumentos de esta hipótesis.

Una segunda explicación de la prevalencia de lo judicial en la cultura, y su síntoma que es la “fijación normativa”, tiene que ver con el natural anhelo de justicia en una sociedad estructuralmente injusta. La constante referencia a las normas, a la conducta desviada, a la sanción ejemplar, a la legislación integral, evidencia el clamor por recuperar el respeto a la ley y, con ello, la armonía social. Más que una obsesión colectiva o una desviación patológica el apego al derecho mostraría, según esta hipótesis, que todavía conservamos un sentimiento de justicia, lo que habría que celebrar, pese a la ineficacia del derecho en la práctica.

Finalmente, una tercera lectura del fenómeno conecta el asedio judicial a los hechos desnudos: la pobreza y la inequidad. Esta última es fuente simultánea de corrupción y pretensiones de justicia. Ella condiciona nuestras opciones vitales. El poder destructor de la desigualdad social es tan extenso que incluso la imaginación política y la artística caen arrolladas por la furia social y el deseo de justicia (¿venganza?). Tranquilos podemos esperar sentados nuevas leyes, mayores y más jugosos escandalosos, mejores y más sonados juicios. Y, mientras tanto, la belleza de la vida languidece. Poco espacio queda para la poesía. Lejos parece ese mundo pintado en la película sobre la vida de John Keats y sobre el amor que vive en la palabra evocadora de profundas y sublimes emociones. ¿Hasta cuándo?

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El Gobierno vende acciones de Ecopetrol a quienes tengan más de un millón ochocientos mil pesos. Esto en un país con 20 millones de personas que tienen menos de dos dólares diarios para subsistir y seis millones en la indigencia. Nos debemos conformar con promesas de más puentes y carreteras en el futuro, para quienes los puedan usar. ¡Vaya forma de luchar contra la inequidad y de “democratizar” la propiedad de la principal empresa del Estado!

 

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