Por: Daniel García-Peña

Tía Luz

HACE UN AÑO, MURIÓ LUZ JARAMIllo. En ese entonces, intenté escribir una columna como homenaje a su vida de lucha, pero fui incapaz debido a la profunda tristeza que me produjo su muerte súbita.

Como muchas de su generación, inspirada por la experiencia cubana y por las luchas sociales en todo el mundo, se dedicó a hacer la revolución socialista en Colombia. Pero su rebeldía y espíritu libertario la llevaron a rechazar el dogmatismo y las jerarquías que dominaban la izquierda ortodoxa. Como lectora empedernida, se fue acercando a Trotsky, el intelectual ruso perseguido y luego asesinado por Stalin. Fundó, junto con Socorro Ramírez y Ricardo Sánchez, el Partido Socialista Revolucionario. Sin embargo, el eterno divisionismo que ha caracterizado a nuestras izquierdas, hizo que el partido quedara en la marginalidad y tan diminuto que se decía que sus siglas, PSR, significaban el Partido de Socorro y Ricardo.

Pronto entendió que más que la lucha de clases, su preocupación y su motivación era por la igualdad de género. Solía decir que no había nada más machista y patriarcal que la izquierda tradicional y, poco a poco, se fue alejando de la militancia revolucionaria para dedicarse de lleno al feminismo.

Heredó de su madre, mi abuela, una profunda consciencia por la defensa apasionada de los derechos de las mujeres. Siendo mi abuelo gobernador de Antioquia, mi abuela asistió a un encuentro de mujeres con el obispo de Medellín, quien se dedicó a denigrar de las píldoras anticonceptivas que por esos días se estrenaban, diciendo que además de ser pecaminosas, le producían a las mujeres calvicie y barba, a lo cual ella respondió que prefería comprarles a sus hijas pelucas y cuchillas de afeitar.

Luz se dedicó a trabajar en diferentes campos por las mujeres, entendiendo que la lucha era contra el machismo y no contra los hombres. Como socióloga, fue pionera en Colombia de profundizar sobre la perspectiva de género y, en particular, a acompañar los procesos de mujeres populares.

Su hogar fue durante muchos años un lugar de encuentro de intelectuales y artistas, escenario de tertulias y rumbas. Cuando llegué a Colombia me acogió en su casa, donde aprendí el valor del debate civilizado y el significado de la dialéctica. Me ayudó a comprender el origen de la violencia en Colombia y a estudiar la historia de las guerrillas, aunque fue una dura crítica de la lucha armada y del inmenso daño que le había significado para las luchas populares y democráticas.

Siempre me apoyó en todas mis aventuras políticas, aunque no logré convencerla de votar por Gustavo Petro en la consulta del Polo, porque nunca pudo perdonarle su voto por el procurador. Tampoco quiso hacerlo por Carlos Gaviria por las malas compañías que lo rodeaban y prefirió votar por Cecilia López, pese a su repudio por el Partido Liberal.

Pero sobre todo, Luz me enseñó que no se necesitaba ser mujer para ser feminista. Espero poder honrar sus sueños contribuyendo a que nuestro país, aún anclado en una cultura patriarcal, pueda seguir abriéndoles caminos de dignidad e igualdad a las mujeres y a las niñas.

 

 

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