Por: Mauricio García Villegas

Tiempo cerebral disponible

LA MEJOR PRUEBA DEL GRAN PODER que tiene la televisión es que ella nunca se ve forzada a cuestionar lo que hace.

Hay excepciones, por supuesto, y aquí me voy a referir a una de ellas. No, claro, no es en Colombia donde eso ocurre; me refiero a una emisión especial, denominada “La zona extrema” y transmitida la semana pasada por la cadena francesa TF2, en la cual se hizo una adaptación del célebre experimento sobre la sumisión, de Stanley Milgram.

El experimento de TF2 fue así: ochenta individuos, seleccionados al azar, fueron invitados a participar, cada uno por su lado, en una especie de juego-reality en la televisión. En dicho juego había un concursante que debía memorizar una información y luego responder a unas preguntas hechas por quienes fueron invitados. El concursante estaba sentado en una silla eléctrica y el papel del invitado consistía en impartir una descarga cada vez que la respuesta era errada. Al principio las descargas eran pequeñas, pero iban aumentando a medida que las equivocaciones se acumulaban. En realidad, el concursante era un actor y no había tales choques eléctricos, pero el invitado estaba convencido de que todo era real: el público, el animador del juego, el concurso y por supuesto el pobre tipo sentado en la silla eléctrica, el cual gritaba de dolor y pedía que suspendieran el juego. Resultado: el 80 % de los invitados llegó hasta el final de la punición, es decir, hasta impartir 480 voltios, una descarga que puede llegar a ser mortal. (En el experimento de Milgram, hecho en un contexto muy diferente, solo el 62% de los invitados llegó hasta el final).

Una vez terminada la presentación del experimento, la emisión de TF2 estuvo dedicada al debate sobre la televisión. Para Christophe Nick, director y creador de la emisión, los resultados prueban el poder que tiene la tele para domesticar a la gente. Otros, en cambio, consideraron que si bien el experimento muestra la manipulación que existe en los llamados TV-realities, no dice mayor cosa sobre la sumisión del simple televidente.

A mi juicio, el mérito de “La zona extrema” no fue el de haber presentado la prueba reina de la manipulación que ejerce la televisión (otros estudios lo han hecho y quizás mejor), sino el de haber puesto a discutir a todo el país sobre la televisión y sus efectos.

Hoy nadie duda del poder enorme que tiene la televisión. Un poder que consiste en captar la atención de millones de personas durante buena parte de su vida cotidiana (se calcula que, en promedio, un francés que vive 80 años, pasa más tiempo de su vida frente a la televisión que en la escuela y el colegio juntos). Quien mejor ha descrito ese poder es Patrick Le Lay, un antiguo empresario de una cadena privada de televisión en Francia, quien alguna vez dijo que su negocio con Coca-Cola consistía en venderle “tiempo de cerebro humano disponible” a la embotelladora.

¿Qué hace la televisión con ese tiempo cerebral disponible? Esta es la gran pregunta que todas las sociedades, incluyendo a la nuestra, por supuesto, deberían plantearse.

Noam Chomski dijo alguna vez que lo primero que debemos hacer los ciudadanos es cuidar de nuestro cerebro. “Si tuviéramos un buen sistema educativo —decía—, nos darían cursos de autodefensa intelectual”.

En el país hay que empezar por ahí; es decir, por valorar el cerebro de los colombianos; sólo así podremos lograr que algún día la televisión esté dispuesta a cuestionar lo que hace.

*Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia.

 

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