Sombrero de mago

Tiempo de morir, tiempo de vivir

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Es tiempo de sangre en Colombia, de horrores a granel, de persecuciones a los opositores al régimen, de asesinatos. No matan a los líderes sociales, a los ambientalistas, a los que no están de acuerdo con el fracking, por “líos de faldas”, como una vez señaló un ebrio ministro de Defensa. Ni por equivocación. Los matan porque hay que borrarlos, porque quizá se trata de que los otros escarmienten. Ah, sí, como en los tiempos de los Comuneros.

Sí, están matando desde hace rato a los que no están de acuerdo con que se arrase el campo, con que se despoje de tierras a los jornaleros, con que se roben ríos (como en la Guajira). Están matando a los que están del lado de los desheredados, de los olvidados, de quienes han sido ultrajados por el poder. Sí, por los bandidos del poder. Es un tiempo como de oprobiosas dictaduras, es la negación de la democracia, son días de estigmatizaciones de parte de los dueños del país contra los que luchan por la equidad…

El martirologio es largo. Indígenas, líderes comunales, ecologistas, manifestantes de marchas, promotores de que se sepa la verdad acerca de masacres, de desapariciones, de “falsos positivos” ... Asesinados. Los matan en la ciudad y el campo, en las carreteras y las hondonadas, en las costas y el interior. Los asedian, los amenazan, los hostilizan y, ¡pum! les disparan. Parece el país en un tenebroso régimen del terror. Con un gobierno indiferente a las quejas ciudadanas, a los requerimientos justos por más educación, más salud, más trabajo, más equidad. Sordo el pelele que funge como presidente. Burlón frente a las exigencias populares. Insensible ante las decenas de crímenes contra hombres y mujeres que se han jugado la vida en pro de los más débiles.

El asesinato de Lucy Villarreal, en Tumaco, ya estaba cantado. La misma lideresa cultural había solicitado protección al gobierno. Más se demoró en pedirla que en ser acribillada por los asesinos. Esto le había mandado a decir al Mindefensa, una semana antes de que la mataran: “Señor ministro no quiero alargarme demasiado, como cabeza de esta comunidad le pido por favor nos brinde seguridad, en el cumplido de que nosotros los líderes comunitarios estamos amenazados, los líderes estamos, pudiera decirse, en un abandono”, dijo en una carta al titular de Defensa Carlos Holmes Trujillo. No pararon bolas. Qué puede importarles la vida de una dirigente popular.

El asesinato de la pareja de ambientalistas Natalia Jiménez y Rodrigo Monsalve, desaparecidos el pasado 20 de diciembre y encontrados tres días después en la vereda Perico Aguao, del corregimiento de Guachaca, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, no solo conmovió al país, sino que puso en evidencia lo peligrosidad que constituye hoy ser ecologista. Y como si fuera poco, en Pitalito fue asesinado el 24 de diciembre el dirigente social Reinaldo Carrillo.

En una emisora, donde entrevistaron a Holmes Trujillo, se escucharon las risotadas de este y de dos periodistas, porque al funcionario se le “aguó la rumba en la feria de Cali”, debido a un consejo de seguridad en Palomino, Guajira, a raíz de los asesinatos de la Pareja Jiménez-Monsalve. Una muestra más de la indolencia del poder frente a la tragedia. Como en una vieja canción de Benedetti: ¿De qué se ríe, señor ministro?: “Aquí en la calle sus guardias matan / y los que mueren son gente humilde. / Y los que quedan, llorando rabia, / seguro piensan en el desquite”.

Es tiempo de muerte en Colombia, de fosas comunes, de hallazgos macabros. Es también tiempo de rabia de los asediados y perseguidos, de los que sufren la represión y el maltrato y las carencias y las reformas antipopulares. Es tiempo de protesta y repulsa. Son días de cacerolas y marchas. Como en otra canción: “si no se abren las puertas, el pueblo las ha de abrir”.

Al extinguirse el funesto 2019, pero a la vez primaveral, porque hubo y hay una suerte de despertar colectivo, de apertura crítica frente al despotismo oficial y los atropellos permanentes de un gobierno que hace el sordo frente a las reclamaciones populares, digo que al finalizar este año de luchas por la dignidad, pero al mismo tiempo, de atentados contra la vida, el “país nacional” se introduce en un nuevo calendario de manifestaciones. La lección aprendida tiene que ver con las movilizaciones. Es tiempo de continuar visibilizando el descontento.

Y vuelve la pregunta del profeta del nadaísmo en su Elegía a Desquite: “¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”. Por ahora, lo más evidente es que el poder (y sus bandidos) sigue respondiendo con crímenes y otras desolaciones.

 

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