Por: Luis I. Sandoval M.

Tiempo y vida

Llegué ayer a los 70. Pido la venia de lectores y lectoras para hablar del columnista cuando siempre hablo del entorno.

 Parecen muchos años, pero cuando reviso mi equipaje de sentimientos, situaciones, realizaciones, las personas con las cuales he compartido la aventura de la vida, siento el camino apenas iniciado, me asombran tiempo y circunstancia.

Mis padres, tipógrafo conservador él, enfermera liberal ella, venidos del campo, lucharon a brazo partido por darnos estudio a tres hombres y tres mujeres. No obstante solo tengo un título en felicidad que se lo debo a mi esposa y a mis tres hijos que han sido la llama del amor y la razón de ser de mis empeños por sobrevivir cada día y por construir un mundo nuevo.

Sin dificultad revivo los sucesivos pasos: la pertenencia a los corazones valientes a los diez años, la formación en una comunidad católica de origen francés, el trabajo de imprenta aprendido de mi padre, el activismo sindical, el activismo político, el esfuerzo intelectual que ha fructificado en diez títulos publicados, la animación de un centro ligado a los movimientos sociales en asocio con extraordinarios compañeros y compañeras, los viajes a numerosos países en cumplimiento de misiones sociales, políticas o académicas, el empeño por decir una palabra en inglés, francés o italiano, las responsabilidades públicas en educación, agricultura, trabajo y participación ciudadana. Trayectoria crítica y rebelde, inequívocamente afirmativa y constructiva, buscando ser transformadora.

Los más remotos recuerdos que permanecen vivos en mi retina corresponden a los impactantes hechos del 9 de abril de 1948: los grupos en mitin o movilizados alrededor de una bandera roja, la radio desbocada, los incendios, los tiroteos, las muertes, mi madre angustiada por no conocer el paradero de mi padre. La violencia política, cercana o lejana, ha estado siempre presente en mi vida. La inconformidad frente a ella me ha llevado al compromiso de tres décadas con la paz política para Colombia.

Mi tiempo ha sido la segunda mitad del siglo XX y los albores del XXI. Todo en él, aquí y en el globo, ha crecido sin medida: la crueldad, la riqueza, la innovación, las expectativas. Nos asomamos a los genes humanos y al espacio estelar. Nos formamos una idea nueva de humanidad, y de colombianidad, impresionantes, pero al costo de tragedias colosales. Hombres y mujeres de hoy no alcanzamos a vivir al ritmo de los cambios. El mundo se ensancha, la vida se empequeñece, informados e informatizados al máximo nos sentimos impotentes frente a lo que pasa, se dice que ahora somos ciudadanos y ciudadanas del mundo, pero con frecuencia es difícil encontrar condiciones para ser persona en el terruño de uno. Tiempo a la vez asombroso, escandaloso y cargado de incertidumbre el que me ha correspondido vivir. Sin embargo, “vivir es maravilloso, aunque la situación del mundo sea espantosa” como dijo en algún momento Hannah Arendt.

En diciembre de 1965, a los 22, intenté componer un poema que ahora he desempolvado. Esto es la vida: La vida es un sucederse de estaciones, / un mar de incesantes mutaciones. / Es un pabellón que juega con los vientos, / es un barco que se hunde por momentos. / La vida es un cuadro de luces y sombras, / es un cometa que de nubes avanza entre alfombras. / Es un sendero del bosque mullido de hojas, / es un libro ilustrado de contadas hojas. / La vida es un tren de colores, / es un manojo de aromadas flores. / Esto es la vida y mucho más / y todo en un instante.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Luis I. Sandoval M.

Botero y Almagro: inauditas declaraciones

40 años del Cajar

El informe del magistrado Armando Novoa

Orlando Fals Borda y Colombia Humana

Liebres y conejos en la consulta anticorrupción