Por: Armando Montenegro

Tiempos recios

No hubo un detonante como el alza de la gasolina en Ecuador y Francia, el aumento del pasaje del metro en Chile, el robo de las elecciones en Bolivia o la amenaza inminente contra la libertad de Hong Kong. En Colombia se convocó la marcha principalmente contra el propósito de presentar, a consideración de un Congreso donde el Gobierno es minoritario, unas reformas pensionales y laborales que nunca se formularon ni se discutieron. Más bien ocurrió al revés: fue de la calle de donde salieron a flote cientos de quejas, anhelos y dolencias, las mismas que se expresaron en sentidos cacerolazos en barrios de todos los estratos.

Esta inesperada explosión creó una puja por el liderazgo de la protesta. El paro fue convocado por un grupo de organizaciones encabezado por algunos sindicatos públicos, pero muy pronto el movimiento se fue desbordando por un sinnúmero de actores y manifestantes de los más variados orígenes y propósitos, quienes expresaron una enorme variedad de los matices y alcances del descontento. Ante el éxito del evento, políticos oportunistas trataron de agudizarlo y capitalizarlo a su favor. Adicionalmente, los sindicatos estatales se opusieron a una “conversación nacional” y se han empeñado en monopolizar las negociaciones con el Gobierno, excluyendo a los nuevos alcaldes y gobernadores y a muchos otros líderes sociales y regionales.

Un movimiento masivo como el que surgió el 21N tiene dos dimensiones relacionadas. La primera se refiere a las reformas que se buscan con el movimiento en materia de pensiones, salarios y empleos, entre otras. La segunda es puramente política. Ya que el paro sacude los cimientos del Gobierno, las distintas fuerzas políticas se realinean, se reagrupan y buscan oportunidades.

La dimensión política tiene, a su vez, varias manifestaciones. Por una parte, Germán Vargas viene insistiendo en que con las marchas se están moviendo las fichas para las elecciones de 2022 y, por ello, varios personajes buscan emerger como opciones viables, mientras que otros impulsan las campañas que ya están en marcha. Por otra, ya que por lo menos desde Rosa Luxemburgo se sabe que el paro general es una estrategia para tumbar gobiernos y crear el caos (en Colombia y otros países han caído regímenes por este camino), alguna facción minoritaria seguramente aspira a promover alguna de estas circunstancias.

Cuando el presidente recibió el golpe del paro del 21N, ya estaba debilitado por la falta de apoyo en el Congreso y su impopularidad. De la forma como busque alianzas, se fortalezca e impulse varias reformas en las próximas semanas dependerá no solo el manejo de la crisis, sino, especialmente, la suerte de su Gobierno.

En esta materia, ha sido desconcertante la actuación del expresidente Uribe. Aunque ya se sabía que en el Centro Democrático militaban unos cuantos activistas ultarradicales, no se había manifestado como ahora la incapacidad o la falta de voluntad del dueño de El Ubérrimo para controlarlos y decidirse a apoyar al Gobierno de su partido.

Hay que destacar, por último, que, aunque un puñado de extremistas necesitaban un mártir para impulsar su cruzada desestabilizadora, la enorme mayoría de manifestantes, con el original “cacelorazo sinfónico” y sus marchas y protestas pacíficas, mostraron su madurez y responsabilidad después de la lamentable muerte de Dilan Cruz.

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