Tiene que haber fútbol

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El coronavirus, además de enfermedad y muerte, ha generado una recesión global sin precedentes. El fútbol es una más de sus víctimas, económicamente, muy significativa. En España, el fútbol genera 1,4 % del PIB. La Premier League es responsable de 100.000 empleos (directos e indirectos), además de 3.300 millones de libras en impuestos. En Colombia no hay un estudio formal, pero la Dimayor afirma que 50.000 familias viven del fútbol. Más allá del interés personal de cada cual, el fútbol es una actividad económica relevante.

Aun reconociendo la falta de información detallada de su peso en la economía colombiana, el fútbol (profesional y amateur) es una actividad que va más allá de la recreación. Genera empleo directo e indirecto, además de recursos al Estado a través del pago de impuestos o de las apuestas.

El debate actual, en Colombia y en el mundo, es cómo convivir con el virus. El acuartelamiento total de la población —en unos países más largo que en otros, en unos con más juicio que en otros— tenía el objetivo de evitar que los sistemas de salud colapsaran; es decir, evitar que los médicos se vieran obligados a elegir quién vive y quién no. Como tocó, aparentemente, en alguna región italiana. En Colombia, mal que bien, y con diferencias regionales, parece que el sistema de salud ha aguantado la primera ola del virus. Pero vendrán más, al menos hasta que aparezca un tratamiento, o una vacuna, la cual, por lo pronto, no estará disponible antes de 2021.

En los últimos días el Ministro de Salud afirmaba que no habrá fútbol en Colombia en lo que resta del año. Sustentaba su afirmación en que ello pasará en otros países del mundo. Lo afirmó con la preocupación añadida de “echarse encima a los hinchas del fútbol”. Con todo lo que maneja hoy por hoy su despacho, no hay que criticar al ministro por no entender en profundidad lo que representa el fútbol. En primer lugar, los países que están cancelando el fútbol, lo están haciendo en la temporada actual; es decir, la que acababa en mayo-junio. Ninguno, entendiendo la importancia del sector, se plantea seriamente no jugar el resto del año. En segundo lugar, el problema no es echarse a los hinchas encima. Más allá del impacto económico del sector, es fundamental entender la importancia recreativa del balón, especialmente en épocas de crisis, como escribí en un artículo recientemente publicado.

Para abrir, se necesitan pruebas de contagio y seguimiento; el país tiene limitantes. Pero no abrir implica destruir décadas de trabajo. Corresponde al fútbol entender bien que es uno más de los sectores afectados, y no proponer estrategias irrealizables en el contexto nacional. Pero corresponde al Estado entender la importancia económica y social del fútbol, y trabajar de manera coordinada con el sector para diseñar una estrategia que permita que ruede el balón. Cerrarlo todo el 2020 no debería ser una opción.

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