Por: Andrés Hoyos

¡Tierra!

EN COLOMBIA HAY QUE REPETIR EL grito de Rodrigo de Triana aunque por razones menos estimulantes que las suyas.

Desde que comenzó la negociación con los ‘paras’ —y no es por dármelas de profeta—, yo dije que el éxito o fracaso de ésta se iba a medir en hectáreas, más que en años de cárcel o en grados de verdad. Hoy don Berna y sus colegas están presos en Estados Unidos, pero el proceso sigue sumido en un fuerte marasmo precisamente porque la tierra sigue en veremos.

Varios empresarios que conozco se sorprenden de que los exorbitantes precios internacionales de la comida no hayan generado aquí un auge agropecuario. Es como si a un atleta le inyectaran a diario anfetaminas y hasta le prestaran una moto, y aún así fuera incapaz de mejorar su tiempo en los 1.500 metros planos. Un tipo así tiene que estar muy enfermo. Algunos sugieren que el atleta se enfermó debido a los subsidios y a los altos aranceles, y bastante de eso hay, pero me temo que la explicación se queda corta. Existe un problema más grave: la tierra productiva en Colombia está secuestrada.

Tomemos el ejemplo más notorio de este fenómeno. En los años noventa se rumoraba que los famosos Ochoa hicieron una gran fiesta para celebrar la adquisición de la hectárea un millón. Como esto fue hace años, cabe suponer que esta familia hoy legalizada es propietaria de una cantidad de tierra de veras descomunal. Sin embargo, nadie se ha enterado de que ellos sean importantes palmicultores, cultivadores de maíz o de arroz. No, de sus fincas salen caballos de paso fino. Los ‘paras’, por su parte, acumularon más que todo inmuebles y tierras, algunas compradas a precio de huevo y otras robadas a sus dueños. De estas tierras tampoco se tienen noticias productivas, excepción hecha de un poco de palma. Y para colmos, todos los anteriores, incluyendo a sus testaferros, pagan impuestos prediales ridículos.

Álvaro Uribe Vélez, además de ser un presidente muy popular, es un finquero, de modo que resulta casi inútil pedirle a él o a su inefable Ministro de Agricultura audacias agrarias. ¿Pero dónde ha estado la izquierda —digamos, el senador Robledo— en una materia central para ellos desde los tiempos de Marx? Sencillo: no ha estado en ninguna parte, pues descontando un par de saludos a la bandera, en la izquierda se hicieron los de las gafas mientras la mafia y los paramilitares llevaban a cabo una contrarreforma agraria de más de seis millones de hectáreas. ¿A qué dedicaban los Robledos su valioso tiempo? A cosas más importantes, como defender el estatus político de unos grupos armados impresentables, a presionar en favor de despejes absurdos o a satanizar el libre comercio.

En mi opinión, personajes como Robledo padecen de lo que he llamado el Síndrome de Echavarría Olózaga. Don Hernán Echavarría toda su vida se situó muy a la derecha, pero a veces los personajes caracterizados de esa vertiente sorprenden —Milton Friedman era un legalizador a ultranza de la droga— y don Hernán propuso que se descongelara la cuestión agraria mediante el cobro de impuestos razonables a la tierra. Quién dijo miedo: al oír esto, los congéneres de Robledo se persignaron en el nombre de Mao, diciendo: “¡Vade retro, Satán Echavarría! ¡Tus ideas no serán nunca las nuestras!”.

Así y todo, no es demasiado tarde. La izquierda puede dejarse de bobadas y retomar la bandera agraria. Entre otras cosas, generar trabajo en el campo es lo que de veras falta para acabar con la violencia, pues quien tiene un empleo que defender, no se deja reclutar así no más por cualquier fanático.

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