Por: Ricardo Bada
Yo soy como el piclafor

¡Tierra!

En la madrugada del 12 de octubre, tal día como ayer pero hace 525 años, un marinero del pueblo de Lepe, provincia de Huelva, llamado Rodrigo de Triana, avizoró unas rompientes desde su puesto como vigía de la carabela Pinta y gritó la palabra redentora: “¡Tierra!”

Siempre que pienso en ese momento mágico de la Historia, la imaginación me impone las imágenes de otra noche, dos meses y nueve días antes.

Tengo la convicción de que se durmió muy poco en Palos de la Frontera esa noche del 2 al 3 de agosto de 1492. Los hombres, indecisos entre su fe en la palabra de Martín Alonso Pinzón, en la que confiaban, y su inquietud ante el riesgo de aventurarse a allí donde nadie había navegado hasta entonces. Las mujeres, porque esta vez sus hombres no salían de pesca ni al transporte de mercancías, sino rumbo a lo desconocido, y por mucha confianza que les diera la presencia de Martín Alonso Pinzón capitaneando la Pinta, el mundo, ese mundo suyo que era plano, acababa a Poniente y sus hombres desaparecerían viento en popa desplomándose en el vacío.

Pienso sobre todo en esas mujeres de aquellos honrados marineros del litoral de Huelva (55 de un total de 77 tripulantes), que con toda certeza no pegaron un ojo durante toda la noche. ¿Volverían sus hombres, regresarían los padres de sus hijos de aquella navegación a Poniente, cuyo posible éxito tan sólo avalaba el juicio de los frailes franciscanos de La Rábida y la resolución, quizás audaz en exceso, del buen Martín Alonso Pinzón?

Esa noche es una de las más preñadas de la Historia. Los 77 tripulantes de la Pinta, la Niña y la Santa María zarparon a la mañana siguiente del estero de Domingo Rubio, en el estuario de los ríos Tinto y Odiel, y también tengo la convicción de que en aquella despedida desde la orilla hubo más lágrimas que las de costumbre. Una cosa es que tus hombres salgan a faenar, y otra es que salgan a no se sabe qué, en una dirección que terminaba en el Infierno, y liderados por un extranjero medio loco que creía que el mundo era redondo.

Esa mañana del 3 de agosto de 1492, las mujeres del litoral de Huelva demostraron tener más ovarios que la reina Isabel. O bien se resignaron a su destino. Pero también ellas morirían años después sin saber, como tampoco la reina, ¡ni siquiera Colón!, que las tierras descubiertas a Poniente no eran ni la India ni la China ni el Japón, sino nada más que un continente que hasta entonces era desconocido y aún no se llamaba América.

Ni aquellas mujeres ni sus esposos e hijos lo supieron, ni siquiera lo intuyeron, ni jamás lo llegaron a saber. Pero esa noche del 2 al 3 de agosto de 1492 traspasaron casi anónimos la puerta grande de la Historia.

 

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