Por: Ana María Cano Posada

Tierra Google

PARECE QUE FUERA OTRA ERA GEOlógica. Resulta difícil recordar cómo era el mundo cuando no había internet. Cómo se hacían esfuerzos cada día para salvar distancias con teletipos, llamadas, cartas y faxes. Y si es inimaginable esa red de relaciones sin una conexión virtual que acerque al instante sitios donde necesitamos estar y asuntos que urgimos conocer, es aún menos concebible un mundo donde no exista Google como un índice de ocho mil millones de páginas hoy, al alcance de quien consulte.

Así de extensa como la progresión de ceros de su nombre, resulta la red de búsqueda que tendió este invento de dos estudiantes en California. Hace 10 años en la Universidad de Stanford Larry Page (apropiado apellido) y Sergei Brin, moscovita, compañeros de doctorado, engendraron Google, la herramienta más requerida para navegar sin naufragar. Una superficial fábrica de conocimiento, dicen algunos.

Obtener los 50 mil euros del Premio Príncipe de Asturias 2008 por su aporte humanista a la cultura universal, es una sorpresa que reconoce altruismo al reunir la información, el conocimiento con  acceso a 1.500 millones de usuarios de internet que en el mundo hay hoy y, al 65 por ciento que usan Google para ubicarse en la maraña, que son la cuarta parte de usuarios posibles. Una desmesura utilitaria.

Dos puntos son críticos en esta magnitud: cómo guardan cada una de las consultas hechas con la referencia de quien la hizo y cómo preservan una neutralidad en semejante acopio de información, donde la manera de presentarla, aunque dicen que es sólo matemática, sí implica una clasificación de las opciones.

Esta enorme base de datos de los consultantes fue la que en Estados Unidos les pidieron que mostraran con todas las evidencias de búsquedas de pornografía infantil para usarlas en su persecución. Pero Google se abstuvo de entregarlas para preservar la neutralidad y la privacidad de este uso que se ha vuelto verbo, Googlear. Pero pasó al contrario cuando a cambio de obtener su entrada a China y a los 162 millones de usuarios de internet (cifra escasa para el número de chinos), aceptó la censura de no permitir ningún acceso al tema de Tiananmen ni del Tíbet.

Y de hecho este superorganismo contemporáneo ha llegado a concluir que tiene que involucrarse en política, al ser un tanque de pensamiento que convoca a sabios críticos como Noam Chomsky, o donar en forma para la candidatura de Obama.

Hace proyectos globales con la Unesco para tener una enorme alfabetización del mundo con un fondo de materiales de unas 10 mil editoriales y bibliotecas; lo que hoy hace con la Tierra en mapas reales de su Google Earth, lo va a ampliar en el cielo con un enorme telescopio que estará disponible pronto para ubicarnos en el espacio exterior; y también una forma de monitoreo en todo el planeta de los cambios climáticos, dan su dimensión política global.

Es una cultura por encima de las culturas, un ente de corte geopolítico, con la condición de ser rentable, pero cuyos efectos y alcances apenas se perciben estimables. El mundo no podrá estar sin Google y sin internet, pero tampoco sabe bien cómo manejar esta arma. 200 millones de consultas diarias no tienen proporción con ninguna otra actividad humana. Algo podrá lograr que todavía no esté determinado. Panoramia donde la gente reúne sus fotografías o YouTube con sus videos, o Facebook que no tiene que ver con Google, pero es la gran aldea global donde todos quieren conocer sobre cada uno, abren una idea del mundo al instante en detalle. Una ambición informativa y participativa sin referentes ni instrucciones de manejo. Tierra Google al alcance de qué…

 

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