Tierra Quemada

Noticias destacadas de Opinión

En los pocos días que le quedan Trump está haciendo lo que pueda para hacer la vida imposible a su sucesor, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. En el caso de Medio Oriente ha contado con la mano amiga israelí, sobre todo en lo referente a Irán, la mayor obsesión compartida de los gobernantes de estos dos países. Si bien en contraste con Corea del Norte, India, Pakistán y el mismo Israel, el programa nuclear iraní no ha producido ninguna bomba en sus décadas de existencia, esos han operado bajo el supuesto de que, si existiese la oportunidad la desarrollaría.

En consecuencia, la estrategia individual y conjunta de Washington y Tel Aviv ha buscado elevar los costos políticos y prolongar la adquisición de capacidades nucleares mediante una combinación de presión diplomática internacional, sanciones económicas, apoyo a la oposición en Irán, sabotaje de las instalaciones nucleares y asesinatos selectivos de científicos civiles.

Estos últimos, realizados probablemente por el Mossad han cobrado la vida de siete científicos desde 2007 e intimidado a algunos otros para que abandonaran el programa nuclear. Por más controversiales que hayan sido los asesinatos, hay cierto consenso de que uno de los resultados más importantes de la estrategia en su conjunto fue la aceptación iraní del acuerdo nuclear de 2015, suscrito con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania.

No obstante, la muerte la semana pasada de quien se considera el cerebro del programa nuclear, Mohsen Fakhrizadeh se dio en un contexto muy distinto, motivo por el cual ha sido criticada por distintos países y actores internacionales.

Este se caracteriza por el retiro estadounidense del acuerdo, el endurecimiento de sanciones y el matoneo de Washington a quienes pretenden seguir tratando con Teherán. Aunque Irán ha respondido lógicamente con el enriquecimiento de uranio muy por encima de lo permitido, también el régimen ha sido claro en manifestar su voluntad de volver a lo pactado si Estados Unidos hace lo propio. Todo parece indicar que Netanyahu, con la aquiescencia de Trump –quien también ordenó matar al general, Qassim Suleimani a principios del año– aspira bloquear esta posibilidad como de lugar.

La normalización de relaciones entre Israel y Bahrein, Emiratos Árabes y Sudan con mediación de la Casa Blanca, que ahora fija su mirada en Arabia Saudita y Qatar, constituye una faceta más del cerco a Irán, ya que busca no solo consolidar el reconocimiento árabe a Israel sino fortalecer el bloque anti-iraní en la región.

La actividad frenética del círculo íntimo de Trump, de la mano de Netanyahu en Medio Oriente, es motivo de intranquilidad. Aunque hay un reconocimiento generalizado de que no es posible frenar el programa nuclear iraní ni mucho menos lograr un cambio de régimen mediante una ofensiva militar, de imponer su voluntad hay evidencia de que los mandatarios actuales de Estados Unidos e Israel lo intentarían. En medio de esta política de tierra quemada, que dificulta un re-acuerdo con Teherán por no mencionar sus múltiples otros damnificados, queda por verse la magnitud de la retaliación de Irán por el asesinato de Fakhrizadeh. Esta, junto con cualquier contra-respuesta estadounidense y/o israelí previa a la posesión de Biden, dimensionará el dolor de cabeza que le espera al presidente electo.

Comparte en redes: