Por: Mauricio García Villegas

Tierra y Bicentenario

PARA SORPRESA DE TODOS LOS COlombianos, el Ministro de Agricultura ha dicho que el Gobierno quiere hacer una reforma agraria.

Serían innumerables los obstáculos que enfrentaría esa propuesta. Pero si el Gobierno logra sacarla adelante, habrá conseguido, a mi juicio, la transformación social y política más importante de estos doscientos años de Independencia.

El latifundio es la herencia más visible de esa sociedad nobiliaria que dejó de existir en buena parte de Europa —incluida España— y en los Estados Unidos, hace más de un siglo. Miren estos datos. Antes de la Revolución Francesa, los nobles (1,5% de la población) eran dueños del 35% de la tierra cultivable. Las dos terceras partes de los campesinos eran pequeños propietarios y los grandes latifundios eran escasos. En Colombia no hay nobles, pero la situación es peor que en la Francia del antiguo régimen: tenemos cerca de 16 mil finqueros (0,4 de los propietarios), dueños de predios de más de 500 hectáreas y que controlan el 62 % de la tierra cultivable; mientras tanto, más de tres millones de campesinos (el 86% de los propietarios) sólo son dueños del 8,8% de la tierra.

¿Qué más prueba se necesita para afirmar que una buena parte del campo colombiano todavía vive en el pasado colonial? Son muchos los municipios del país que están dominados por latifundios, cuyos propietarios, servidos por campesinos sin tierra que reciben un salario incompleto, son los gamonales del pueblo, controlan las elecciones municipales y deciden sobre lo esencial de la suerte de los habitantes del municipio (y no hablo del paramilitarismo ni de la parapolítica para no agravar esta imagen). Es verdad que los latifundistas de hoy ya no se desplazan a caballo, ni se visten como hidalgos, pero su concepción de la sociedad, de la ley, de la ciudadanía, de los derechos y del poder público, está más cerca de la mentalidad que tenían los señores feudales, que de la manera como hoy piensan los dueños de la tierra en los países desarrollados.

 Los liberales modernos de este país, defensores de la propiedad privada y del capitalismo, saben que una reforma agraria ayudaría al desarrollo económico y sería un factor de progreso social y político sin precedentes. Hace setenta y cinco años, el presidente Alfonso López Pumarejo, que era uno de ellos, decía lo siguiente: “No admite más plazos el examen de nuestro régimen de tierras”. A pesar de su enorme popularidad, su propuesta de reforma agraria fracasó, como también fracasó, treinta años más tarde, la de Carlos Lleras Restrepo, otro liberal del mismo corte. He aquí un indicio más de que, en este país, los principales enemigos de la derecha terrateniente, la misma que nos gobernó durante los últimos años, no son los guerrilleros, como nos quieren hacer creer, sino los liberales de verdad.

Durante las últimas décadas, y sobre todo durante el gobierno pasado, no sólo hubo una enorme concentración de la tierra sino que la idea de hacer una reforma del campo fue políticamente enterrada (… y todavía hay quienes dicen que Uribe fue nuestro segundo libertador). Ahora, sorpresivamente, el sentido común agrario regresa al Gobierno. Esperemos que tenga mejor suerte que en el pasado.

Si en Colombia se logra hacer una reforma agraria, tendremos por fin un buen motivo para celebrar el Bicentenario de la Independencia. Sólo exagero un poco si digo que ése sería un evento tan importante como la expulsión de los españoles del territorio granadino.

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de DeJuSticia

 

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