Por: Sergio Ocampo Madrid

“Timochenko”, no te lances

Yo creo que las Farc no solo tienen derecho a hacer política, sino que están en la obligación de hacerla. Su error enorme en el pasado fue abandonarla; dejar de adoctrinar, de convencer, de hacer gestión social en sus zonas de influencia, para meterse en la opción exclusiva y brutal de la fuerza, de la victoria armada.

Ahí, bajo el pretexto de que las guerras necesitan plata y de que en la guerra pasan muchas cosas tristes, rompieron todo vínculo afectivo y efectivo con la población. Y aunque en cincuenta años nunca fueron doblegadas en lo militar, en lo político su derrota es indiscutible. Por eso, y esperaría que reconozcan la grandeza del gesto, es sorprendente que hayan conseguido 6 millones 377 mil votos de perdón, apenas 54 mil menos de los que claman por justicia, o venganza, que también hay mucho de eso.

Entonces, la Farc (que doble ironía llamarlos así, con el artículo “la” con el que los llamaba el dotor Uribe desde siempre, y con la sigla “Farc” con la que aprendimos a considerarlos criminales) está obligada a hacer política, y de la buena. De la que construye futuro, asegura justicia; de la que redistribuye, redime y le devuelve la fe a la gente en sí misma. Una con más instituciones y menos caudillos. Una que nos nivele no en la pobreza sino en la prosperidad o al menos en esa ilusión, pero sin espejismos. Una que nos saque de este acabose y esta desesperanza aprendida.

¿Serán capaces? No lo sé. Lo que sí sé es que hasta hoy los partidos políticos, los estamentos, las dirigencias y “padres de la patria” han hecho tan poco en ese sentido, que tienen un gigantesco espacio para intentarlo.

La política es un ejercicio de sumar y también de paciencia, inteligencia y oportunidad. Y por esto último es que, aun avalando el derecho y el deber de la Farc a proponer sus nombres y sus ideas, lo ideal es que “Timochenko” no se lance a la Presidencia. No para el 2018.

Hace dos días, cuando ya estaba bien estructurada esta columna, Rodrigo Londoño, o sea “Timochenko”, afirmó que consultará con los colombianos si se lanza o no. Que buscará opiniones entre la gente del común. Gracias por abrir esa puerta, y aquí van mis razones, como ciudadano común, por las que vería más conveniente abstenerse esta vez.

Lo primero es conseguir legitimidad, y eso lo da la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). En ese tribunal, lo fundamental será reconocer los errores y contribuir en la construcción de la verdad. Así, aunque terminen condenados a alguna pena restrictiva de la libertad, podrán ejercer cargos públicos.

Lo segundo es darse tiempo para aprender a hacer política; aprender el arte de sumar. Las Farc lo hicieron siempre muy bien, pero restando. Ahora queremos ver a la Farc en el Congreso, puntuales, activos, propositivos, haciendo mucho control político, fustigando la corrupción con pruebas y argumentos. Y con la humildad, que tanto trabajo les cuesta.

Lo tercero es que este periodo de aprendizaje y fogueo es además tiempo para atemperar las cosas, para bajar los niveles de odio y de beligerancia que la ultraderecha ha conseguido mantener tan altos y tan activos. Y, también, una oportunidad para ubicarse con calma en el espectro político, para mirar el panorama de las alianzas y las coaliciones. Aunque impensable, en los últimos años, el uribismo y la izquierda terminaron juntos haciendo oposición a Santos más de una vez y respaldando huelgas y paros. La política es malévolamente dinámica.

Su presencia en la contienda presidencial inmediata es un elemento para exacerbar el discurso y enrarecer más el ambiente, y con posibilidades nulas de éxito. Y ni siquiera hablo de éxito por llegar a la segunda vuelta sino por obtener una votación significativa, un capital político semilla. En Colombia hay una izquierda que vota con disciplina y que ha conseguido cifras importantes (Carlos Gaviria, por ejemplo) cuando ha podido atraer a los independientes. No es el caso del 2018, pues ya hay un candidato de izquierda que tiene copados los votos doctrinarios, y varios aspirantes independientes con fuerza. ¿Cuál sería el espacio de la Farc?

Abstenerse esta vez, ayudaría a quitar un argumento al Centro Democrático en su segura intención de envenenar la campaña del 2018. El próximo año sabremos si hay uribismo para más rato o si es un mal momento histórico que empezamos a superar. Eso, en parte, depende de la Farc. Ojalá, no fuercen esa disyuntiva atroz de escoger entre el uribismo y ellos, en algún momento.

Hay una herencia de las Farc a la Farc que puede ser útil en esta coyuntura. La del ejercicio de la paciencia; aquella que les permitió esa larguísima resistencia en la selva soñando con el proyecto de su revolución sin apuros, pensando en ciclos de décadas, aguardando el cambio de los tiempos y las circunstancias. Pepe Mujica, ese buen guerrillero, tardó nueve años en conseguir una curul al Congreso, luego de que sus Tupamaros se acogieron a la amnistía del 85, y otros dieciséis años para llegar a la Presidencia.

Por ahora, hagan política. Hagan amigos. Aprendan. Sumen.

 

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