Por: María Elvira Samper

Tinglado de opereta

Lo que está sucediendo en la política colombiana es como de tinglado de opereta.

Primer acto: en forma sorpresiva, inusitada y desconcertante, el vicepresidente Angelino Garzón, aún en proceso de recuperación de un “accidente cerebro-vascular isquémico agudo” —según los partes médicos— reaparece en la vida pública. Lo hace sin que medie información oficial alguna sobre su verdadero estado de salud y curiosamente lo hace por interpuesta persona, por medio de un fiel escudero del expresidente Uribe, el senador Juan Carlos Vélez, quien asegura —y a la gente hay que creerle— que el “vice” lo llamó para expresarle su apoyo a la propuesta de convocar a una asamblea constituyente para reformar la justicia, una iniciativa promovida por Uribe y sobre la cual el presidente Santos se ha declarado contrario en el discurso del 20 de julio ante el Congreso, porque la considera inconveniente, inoportuna y peligrosa. ¡Plop!, hace el público como en los cuentos de Condorito.

Que la persona llamada a reemplazar al jefe del Estado en caso de falta temporal o absoluta reaparezca para ponerle una vela a Uribe, respaldando uno de sus proyectos bandera, el mismo que ha reiterado en el homenaje al exministro Londoño durante el cual se lanza el movimiento Puro Centro Democrático, que es la declaratoria oficial de guerra contra Santos, constituye un ingrediente que enturbia aun más el ya enrarecido ambiente político.

Segundo acto: Garzón hace pública una carta —su nueva forma de expresarse sobre los asuntos del país— en la que se refiere a la situación del Cauca y, como por arreglar las cargas, le pone una vela a Santos y destaca su disposición al diálogo y “el logro de la paz” como el propósito del presidente y su gobierno. Pero ni pío sobre la constituyente. ¡Plop!, hacen Uribe y su séquito. Diálogos de paz equivalen a rendirse ante el terrorismo.

Tercer acto: el presidente Santos visita al vicepresidente Garzón y tras el encuentro declara que su coequipero está muy bien, muy lúcido, que han hablado de asuntos del Gobierno y del país y que le ha dicho que no apoya la constituyente. El senador Vélez se sostiene en su versión, que contradice la del presidente. ¡Plop!, hace de nuevo el público.

¿Al fin qué? ¿Garzón está bien y en pleno uso de sus facultades, como él mismo lo asegura en la carta sobre el Cauca, o su salud es aún precaria? ¿Está con Santos o está con Uribe? Si está con el presidente, ¿por qué le hace juego al principal opositor del Gobierno? Y si está con el expresidente y tiene aspiraciones presidenciales, como sostienen algunos, ¿por qué no renuncia? Es hora de ponerle fin a la opereta. La salud del vicepresidente no es sólo un problema privado y los partes sobre su estado, como bien dice el nuevo presidente del Congreso, Roy Barreras, “no pueden ser de terceros, así uno de ellos sea el presidente Juan Manuel Santos”. El país tiene el derecho de saber si Garzón está en capacidad o no de reasumir el cargo y, además, de conocer directamente de él cuál es su posición frente a la propuesta uribista de convocar a una constituyente. Llegó el tiempo de las definiciones, y ese tiempo le marca no sólo al vicepresidente. También a los integrantes de la Unidad Nacional, amenazada por las contradicciones de sus integrantes.

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