Por: Hugo Sabogal
Entre copas y entre mesas

Tintos frescos

Los ortodoxos consideran que enfriar vinos tintos o poner hielo en las copas de blancos y rosados son dos censurables blasfemias. Y tanto o peor, diluir el vino con soda fría para calmar la sed en los meses secos o en las calurosas tardes del estío, con excepción, quizás, de aquellos países donde el vino de verano (mezclado con refrescos carbonatados) es parte de la tradición estival (me vienen a la cabeza los ejemplos de Argentina y España).

Vale aclarar que beber vinos tintos a temperaturas inferiores también es habitual entre los aficionados al Pinot Noir y al Beaujolais Nouveau, dos clásicos franceses que se beben frescos desde que se tiene memoria.

Un reciente ejercicio periodístico revela ahora que la gama de posibilidades es mucho más amplia, y esa es una buena noticia para quienes no beben blancos ni rosados por principio.

Lo que se busca con el refrescamiento es evitar que las delicadas sensaciones frutadas o florales de estos vinos se evaporen con el calor circundante y/o con los vapores del alcohol. Una temperatura inferior siempre les ayudará a conservar todas sus propiedades y características.

Más allá de meter botellas en el refrigerador o de depositarlas en una hielera existe toda una serie de consideraciones para llevar el vino a su mejor punto de frescor.

Matt Walls, de la revista inglesa Decanter, dedicó tiempo y recursos a probar tintos europeos y del resto del mundo para no dejar nada al azar.

En líneas generales, los vinos tintos que mejor se ajustan a un servicio de temperatura menor son aquellos que tienen baja cantidad de taninos o taninos delicados. Igualmente, es clave que el nivel de alcohol se ubique en un rango de bajo a medio. Y también ayuda que la intensidad de color sea baja y que las uvas provengan de regiones con temperaturas moderadas, es decir, zonas de altura o cercanas a costas y masas importantes de agua.

Saltan a la mente zonas de países productores como Austria, Alemania, Nueva Zelanda, norte y occidente de Francia, norte de Italia, Sicilia, nororiente de España, este de Europa, zonas costeras chilenas y sudafricanas, así como áreas de climas frescos en Estados Unidos y Australia. Como se ve, es todo un mapa de interesantes posibilidades.

Una vez establecido el abanico de orígenes, identificó variedades tintas ideales, como Barbera, Dolcetto, Corvina y Sangiovese (Italia), Blaufränkisch y Zweigelt (Austria), Cabernet Franc, Cinsault, Gamay, Grenache y Pinot Noir (Francia), Mencía (España) y Syrah costero (Chile).

Estableció, asimismo, que el estilo es más importante que la variedad o la región, y que funcionan mejor, a temperaturas bajas, los tintos de cuerpo ligero o medio, con una buena carga de acidez y con taninos discretos. Adicionalmente, un color de baja intensidad es un buen termómetro porque indica que no hubo extracción en la bodega.

Vinos tintos con todas estas características se presentarán jugosos, frutados, jóvenes y llenos de vida cuando se sirven frescos.

Por tanto, evite los vinos complejos, con largos añejamientos y cargas altas de taninos. Al enfriarlos, estos vinos se mostrarán secos y amargos.

Y finalmente: ¿puede ponérseles hielo a los vinos blancos y rosados para aumentar su sensación de frescura?

En varios países mediterráneos ya se pone hielo en la mesa cuando se ordena un blanco o un rosado en pleno verano. Y varias bodegas del mundo están elaborando vinos específicamente para aquellos que disfrutan de unos cubos de hielo en su copa. Pero ojo: bébalos pronto, porque el hielo derretido hace desastres.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hugo Sabogal

Los vinos que vienen

Lo bueno de la adversidad

Italia esencial

Ancianas coquetas

Cantar nuestros orígenes