Por: Pascual Gaviria

Tirar la biblioteca

Todos los días se oyen injurias contra el fardo de los libros que acumula polvo y remordimiento de lectores en las bibliotecas personales.

Ya no es tiempo para los baúles, se dice; y no hace falta más que una simple ventana electrónica para cargar los recuerdos de tinta. Es posible que tengan razón y que esas filas ordenadas no sean más que un fetiche algo presuntuoso. Comprar un libro es siempre una promesa contra el tiempo. Al comienzo el lomo del nuevo ejemplar brilla sobre los demás e impone las obligaciones de un primer reconocimiento: se usa el pulgar para dejar correr el abanico de las páginas, se buscan señales particulares, se toma un párrafo al azar. Si luego de tres o cuatro semanas no ha recibido atención constante, se hace necesario buscarle un lugar en el catálogo general. Allí comenzará a ser una seña acostumbrada y una posibilidad que es a la vez consuelo y resignación: “Aún no lo leo pero lo tengo a la mano”.

Poco a poco una buena parte de la biblioteca se convierte en una promesa incumplida. Pero los libros evitan los reproches y el radio, los periódicos, el Twitter y la televisión se encargan de acrecentar su timidez. Llega el momento en que la biblioteca entrega un espectáculo tan triste como la pecera mohosa que sobrevive junto a la puerta. Hasta que viene la pequeña conmoción que obliga a tirar al suelo el peso de las estanterías. Entonces lo que era un orden sobre el que ya parecía estar todo saldado se convierte en un reguero de memorias, olvidos, subrayados, dedicatorias, poemas premonitorios y apostillas a la realidad. Ahora se entiende la importancia de esa carga absurda de papel. Es necesario mover esos tomos, pasarles un trapo, someterlos a una nueva clasificación que implica ascensos y ofensas. Sólo si un bendito tapete mugroso que debe ir al basurero nos obliga a moverlos podremos renovar nuestra curiosidad y nuestra oración de lectores. Es una carga que nos alienta.

En medio del afortunado siniestro la tinta de los periódicos se cambia por el polvo que cubre los dedos y anuncia las novedades. No queda más que maldecir el mundo que nos ha obligado a bucear en los contratos de basura de la administración Petro para olvidar El Nuevo Mundo que aparece en las cartas de Americo Vespucio. Y desechar las diatribas de prensa contra Stalin ahora que se cumplen 60 años de su muerte para leer Koba el Temible de Martin Amis, y ver cómo se perseguía a los hambrientos por guardar un trozo de pan detrás de los tréboles que harían de ensalada. También se puede evitar pensar en las visitas de Roy Barreras a Cuba y leer las opiniones de Enrique Santos en 1985 acerca de las Farc y su compromiso con la “actividad política con todas las de la ley”. Y oír con algo de sorna a Maduro en su discurso cuando asegura que el imperio ha atacado la salud del comandante, luego de hojear El chavismo al banquillo de Teodoro Petkoff y descubrir que el antiimperialismo es un discurso reciente en las arengas de Hugo Rafael, dictado por Fidel cuando Bush se empantanó en Irak.

Antes de que pase un año tiraré todo al suelo de nuevo para intentar un nuevo orden. Y sacudirme de la maldita actualidad que apolilla los libros y la conciencia, que adormece mientras creemos estar alertas.

 

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