Por: Nicolás Rodríguez

Tirar piedra

Protesta de los que no saben protestar pero sólo piensan en hacerlo. Deporte nacional.

Pasatiempo estudiantil. Gesto anacrónico. Festín de seis, ocho o diez subnormales en el que se celebra el día en que nació, aprendió a caminar, creció y murió cualquier líder revolucionario. Suspiro del brazo por la ausencia de Camilo Torres. Titular de periódico de ayer. Material para documentalistas sin tema. Pequeña reminiscencia de la guerra fría local. Lastre. Karma.

Estas y otras muchas opiniones son cada vez más frecuentes en el país. Cualquiera que sea su motivación, tirar piedra es una costumbre poco popular. Un gusto en decadencia. Con todo, la imagen del colombiano tirando piedra también amenaza con convertirse en el único referente visual que tenemos de la minga. Pese a que los indígenas del Cauca se juegan hasta la vida de sus niños en marchas que la guerrilla infiltra y el Esmad aplaca, se supone que una piedra es suficiente material de ilustración.

Junto a las retóricas preguntas de rigor que siempre se hace el Gobierno y cuyas respuestas se convierten en motivos de indignación, enfoques periodísticos y hasta agendas de investigación (que si está bien bloquear carreteras, que si no es demasiado retener militares, que si tiraron piedras), el tema de unos indígenas que se deciden a marchar es en sí mismo un reto enorme a quienes todavía los tratan de bárbaros. Interpreten esto como puedan, parece que dijeran. “No arrojen cosas”, parece que les respondieran. Como si la metáfora fuese la piedra y no la minga.

Muchos preferirían que en vez de “hacerle perder tiempo al país”, que es como se ve la iniciativa desde las ventanillas de la locomotora, los indígenas del Cauca se metieran a cortar caña. Ellos y los hijos de sus descendientes. Esa es la infantil respuesta que parecería que el país les tiene a los mismos indígenas que por ley alguna vez fueron considerados menores de edad.

 

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