Por: Mario Méndez

“Titánicos” contrastes

Quienes sentimos la necesidad de expresarnos públicamente buscamos temas de interés social, o hechos que conmuevan o cuyas dimensiones exijan una denuncia. Por lo menos ese es nuestro caso. Y ciertamente, como dijera un pereirano por fortuna receptivo a los gracejos populares, no faltan motivos para inquietarse en el medio colombiano, abundante en grandes desajustes que comprometen la sensibilidad individual y social.

Como forma de contraste, cada año aparecen en televisión unos colombianos inmensos que entregan su vida al bienestar de los demás: hombres y mujeres destacados, son los que Bertolt Brecht llama imprescindibles, aquellos compatriotas que establecen contrastes con la cotidianidad que nos abruma y nos hunde en la incertidumbre; gente que descuella en la cultura, en el arte, en la salud, en la tecnología, en la defensa del medio ambiente.

Por eso, ¿cómo no celebrar que el país tenga ciudadanos ejemplares como los que vemos con emoción en “Titanes”? Es imaginable la tarea grande de escoger al más meritorio, si al ingeniero que se entrega a la difusión de un aplicativo útil a los medianos agricultores, o a la joven que se dedica a servirles a unos muchachos limitados que, sin embargo, se hacen practicantes de danza o natación, o al niño ahora hombre que, no obstante las secuelas de su parálisis cerebral, se hizo médico y hoy vive para sus hermanos de condición.

Cada presentación televisiva de estos héroes sin armas, héroes de la vida, es una oportunidad para reconciliarse con la existencia a pesar de tantos y tan demoledores motivos de congoja, a pesar de tanta miseria humana como la que se instala en posiciones de poder y de abuso, a pesar de tantos exhibidores de la moral torcida.

La mirada crítica sobre estos dos escenarios permite descubrir uno más de los tremendos contrastes que muestra la sociedad colombiana. Aquí, en un mismo día, como las oscilaciones de temperatura en la ciudad, desfilan quienes hacen honor al género humano y quienes lo envilecen, quienes tienen como principio de vida el alivio del dolor de sus semejantes y quienes ven ahí la ocasión de “caerles”.

¿Qué hacer ante los héroes de la sensibilidad social? Respetarlos, amarlos, tenerlos como ejemplos, aplaudirlos por su capacidad para ser buenos, aprender de su pedagogía y su nobleza, sentir orgullo de compartir con ellos su mismo suelo patrio.

¿Qué hacer ante quienes entienden la misión del ser humano como el pobre camino para eliminar la vida del “otro”, o para embolsillarse lo ajeno, o para sembrar odios a su paso, o para negar derechos a sabiendas de las diferencias entre lo justo y lo injusto? Tratar de que las cosas cambien de signo, esmerarse en enriquecer la cultura, ayudar a abrir los ojos que ven y los del entendimiento, y repudiar lo repudiable, sin tapujos pero sin odios, porque el odio es una mácula del espíritu de la cual se debe huir como de una peste.

Tris más. ¡No más candidatos muertos, de ningún color, ni argumentos letales para ganar una alcaldía! ¡Que descansen las armas! Otro día hablaremos de una visión de la vida y de la sociedad sin instrumentos de muerte. ¡Felizmente ingenuos que somos!

* Sociólogo, Universidad Nacional.

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