Por: Cristina de la Torre

TLC, un pacto de adhesión

Con la aprobación del TLC, el frente político del neoliberalismo que se hace llamar ‘los economistas’ parece llegado al paroxismo de la euforia.

Mientras indignados protestan en 82 países contra el desempleo que multinacionales y banqueros generan al amparo de aquel modelo, aquí sus pontífices se congratulan de que se instaure en pleno el laissez faire y la apertura económica no tenga ya límites. El ministro del ramo declara que el libre comercio con EE.UU. “nos ayudará a consolidar el aparato productivo nacional y a traer inversión para el país, lo que derivará en más empleo y prosperidad”. Aseveración contraevidente, pues ignora la experiencia de estos 20 años de apertura, antesala de lo que vendrá: la economía registró el menor crecimiento del siglo, el desempleo las cotas más altas y la distribución del ingreso un severo retroceso. Lo demuestra Eduardo Sarmiento. La asimetría del tratado no favorece sino a la contraparte: Colombia reduce sus aranceles de 13 a 0 y EE.UU., de 3 a 0. Aquí desmontamos todo control de capitales y la regulación cambiaria. Mientras allá se mantienen los subsidios a sus agricultores, aquí desprotegemos a los nuestros. A la inversa de Brasil y Argentina, que no suscribieron tratado comercial con Bush porque éste se negó a desmontar tales subsidios. El propio ministro de Agricultura advierte que el agro no está preparado para estos TLC. De industria, ni hablar. El tratado mata en el huevo lo que existe y esteriliza lo porvenir. Ahogada como se verá por la competencia de una potencia industrial, ya no surgirá en Colombia ninguna industria nueva.

Como importaremos mucho más de lo que exportaremos, el déficit comercial crecerá sin cesar y la bomba del crédito externo, con el cual estamos llenando el hueco, querrá estallar. Lo que sí exportamos —con o sin TLC— son minerales y petróleo. Pero estos bienes no reintegran divisas: las cifras espectaculares de exportaciones que nos muestran, engañan. Y sobre ello callan celosamente los apologistas del modelo minero-exportador, dizque locomotora líder de la prosperidad. Pasan impertérritos la mirada sobre el régimen especial vigente que exime del reintegro de divisas por ventas externas a firmas extranjeras aplicadas a la exploración y explotación de petróleo, gas natural, carbón, ferroníquel y uranio. Así lo disponen los artículos 48 a 82 de la resolución 8 de 2000 de la Junta Directiva del Banco de la República. En arroz y maíz no podemos competir, ni en avicultura y porcicultura, ni en carnes y productos lácteos. En textiles, confecciones, cueros y marroquinería tendremos que competir con la China, que ya invadió el mercado estadounidense. En frutas y plantas decorativas, Centroamérica es rival temible. Poco prometedor el panorama.

Después de los gringos, con este TLC los únicos ganadores seguirán siendo los importadores y su llave, los banqueros, que les financian la clientela. Núcleo selecto de Fenalco, los importadores se pelearon en el Congreso la aprobación del TLC por medio de Sabas Pretelt, su flamante vocero que fungía entonces como ministro. Para interpretar el interés de la nación —no apenas el de esta minoría insaciable—, para integrarnos a derechas en la economía global, tendremos que empezar por modernizar el campo —con redistribución y uso adecuado de la tierra— y trazar una estrategia de industrialización concertada con el Estado. De momento, para corregir este pacto de adhesión que es el TLC, renegociarlo exigiendo cláusulas de excepción por razones de desarrollo y de seguridad nacional. O bien, para escándalo de nuestra intelligentsia neoliberal, ‘denunciarlo’: romper el tratado unilateralmente, o mediante consulta popular, por razones de soberanía. Como se estila en las democracias maduras cuando la tragedia se abate sobre ellas.

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