Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Toca tratar

Cientos de millones de personas en el mundo apoyan hoy activamente, o al menos se sienten satisfechas con, causas y propuestas antidemocráticas, excluyentes y/o violentas. En Estados Unidos, Trump viola derechos, pone en peligro libertades y estigmatiza poblaciones sin que los sondeos de opinión revelen más que tremores pasajeros. En Filipinas, Duterte balea a los consumidores de drogas ilegales, gozando en medio de la matazón de niveles de apoyo inauditos. El húngaro Orban se ha hecho reelegir una y otra vez, consolidando un régimen cada vez más alejado de los estándares de la democracia liberal. No hablemos ya de Putin. De hecho, aunque un poco diferente, el ejemplo de Maduro viene a cuento aquí: a pesar del brutal carácter represivo de su régimen mantiene sectores que lo apoyan vigorosamente.

Matar, destruir, odiar, son consignas que adquirieron viabilidad. Claro que no siempre funcionan —ni tienen por qué hacerlo para siempre—. Bolsonaro, por ejemplo, está en problemas, exagerados un poco por sus enemigos, pero perfectamente reales. En nuestro adolorido país la base social de la extrema derecha se ha resquebrajado, sin que por eso deje de ser una fuerza formidable. Hay más ejemplos.

No sabemos, claro, si esos sectores y personajes puedan volver o no a tener una posición dominante en sus sociedades. En realidad, no sabemos casi nada de ellos, a pesar de una creciente literatura académica que necesariamente está llena de vacíos. El punto es que finalmente hay quienes se están dando cuenta de la necesidad, de la urgencia desesperada en realidad, de entender las razones por las que la extrema derecha está siendo capaz de construir bases sociales y electorales estables y a veces muy agresivas, en todos los continentes y a todos los niveles de desarrollo.

No identifico el esfuerzo por entender con la noción de escapar a la “polarización”. Uno y otra se mueven en distintos planos. Además, no creo que el país esté pasando por una polarización propiamente dicha, sino por una radicalización brutal de una gran fuerza política, algunos de cuyos miembros están dispuestos a todo. Pienso que la idea de que estamos polarizados se basa en una serie de cómodas y falsas equivalencias. Para no agregar ya que muchos (no todos) de los anti-polarizadores están tan dispuestos a insultar, blasfemar y bruxar que el resto de los mortales; quizás incluso más.

Tratar de entender es a la vez un esfuerzo más modesto y más complicado. Implica usar la imaginación: ponerse en los zapatos de la gente del común que por una razón u otra opta por un cierto camino. Ese camino a mi no me gusta, pero si quiero que este país y este mundo sean vivibles necesito entender por qué resulta atractivo. Sin caricaturas ni simplificaciones. El expediente de denunciar la estupidez del votante del otro lado no es en sí mismo tremendamente brillante. Ha de ser bastante contraproducente. Peor aun cuando, apoyándose en una generalización deplorable, se burlan del “paisa” —parece que no tenemos suficientes odios, y que se necesita uno más, ahora de carácter regional—. O del religioso, o del que quiere seguridad.

El debate político es duro y desapacible. Fue así siempre; ahora, dadas diversas tendencias globales, se torna más áspero aún. Eso no quiere decir que sea bueno representar las preferencias que no me gustan como si constituyeran un simple y masivo acto de estupidez. Mejor no hacerlo. Mejor tratar de entender y persuadir. Afortunadamente, en muchas partes del mundo este esfuerzo de comprender ya está generando resultados y lugares desde dónde pensar. La BBC, por ejemplo, acaba de lanzar una serie —“Los que dejamos atrás” (The Left Behind)— en la que relata la trayectoria que lleva a un muchacho insatisfecho de la clase trabajadora a cometer un crimen de odio (https://bit.ly/2Jvatl2). ¡Excelente! Necesitamos más de esto. En la academia. En la televisión. En donde se puede y se quiera.

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2019-07-12T00:00:40-05:00

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2019-07-12T00:15:01-05:00

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