Por: Catalina Ruiz-Navarro

Tocarles los huevos a los toros sagrados de la literatura

Mi columna pasada causó revuelo (para mí, inesperado) pues digo que tres de los ungidos como genios de la literatura con un premio Nobel son unos machos, y que su machismo se refleja en los libros que escriben —especialmente en la manera en que construyen sus personajes femeninos—. Cosas más escandalosas he dicho en esta columna, pero está claro que en Colombia no se puede tocarles los huevos a los toros sagrados. Aun así, entiendo la reacción, para casi todos y todas en Colombia García Márquez fue un primer amor con la literatura. Es lo único que muchos colombianos han leído y llevó los paisajes, los dichos, la historia y los absurdos de Colombia a un contexto internacional. Pero sigue siendo machista, y esto no es más que un señalamiento obvio.

¿El machiso hace malos creadores? No necesariamente. De hecho, la abrumadora mayoría de nuestros productos culturales están hechos por machos machistas, desde Aristóteles hasta Diomedes, y no por eso le pediría yo jamás a nadie que dejara de conocer sus trabajos. Respiren, sí: estoy comparando a Diomedes con Aristóteles, ambos genios en su campo y convencidos de que las mujeres somos inferiores a los hombres.

Como feminista yo no puedo pedir que descartemos todo el consumo de productos machistas pues quizá nos quedaríamos con casi nada que leer, ver u oír. El patriarcado se nota en todas nuestras manifestaciones culturales porque los discursos estéticos son en realidad discursos de poder que nos dicen qué es lo bello, lo bueno, y lo verdadero, y por eso a las obras avaladas al poder hegemónico las llamamos “el canon”. Como he dicho en columnas anteriores, no se puede juzgar a la persona por la obra, ni a la obra por la persona. Se supone que desde el análisis literario una obra debe valer por sí misma, sin importar quién la escribe, pero esta supuesta imparcialidad es una farsa: al sistema literario sí le importa quién escribe; si no fuera así, este sistema habría validado muchas grandes obras sin importar que fueran escritas por mujeres.

Los productos culturales vienen de una conversación constante con la sociedad que los produce: reflejan sus vicios y virtudes y también los promueven y los reproducen. Pero hoy, en el siglo XXI, no se deben leer sin cuestionar por qué y quién decidió que unas obras sean “grandes” y que otras no. García Márquez era consciente de estos juegos de poder, después de todo para la aristocracia intelectual cachaca no fue más que “un corroncho” hasta que se ganó el Nobel. Por eso Gabo se fue a recibirlo con vallenato y en liqui liqui. De lo que no parecía ser consciente era de sus privilegios masculinos. Esto se nota tanto en su obra, como en comentarios que hizo en vida, como este registrado por la columnista Sabina Berman: “Yo amo a las mujeres. He amado, de forma íntima y dedicada, no a una mujer, a varias, a decenas. Y soy una buenísima persona. No necesito más para ser feminista”. Quizá no era posible que Gabo no fuera sino machista, así eran todos en el Grupo de Barranquilla. De vaina dejaban entrar mujeres a La Cueva.

Pero decir que García Márquez era fruto de su tiempo no lo exime de la crítica feminista, y no es obligatorio leer a un autor como si estuviéramos detenidos en su tiempo, mucho menos para aplicar en su obra categorías contemporáneas. Hay una diferencia entre el contexto de producción (estático) y el contexto de consumo de las obras (cambiante). Hay productos culturales con mala vejez. Por ejemplo Friends, que fue un éxito en su tiempo, usaba bromas homofóbicas que diez años más tarde no tienen gracia alguna para quienes repudiamos la homofobia.

Sin embargo, hay quienes continúan estando más cómodos en los discursos hegemónicos y los usan para decir que solo puede haber una lectura de los textos o que las categorías del feminismo son inaplicables a la literatura. Así es el periodista Juan David Torres, quien dice que estoy “sesgada por criterios que no vienen al caso”. Creer que uno tiene el derecho y la autoridad para pontificar cuáles son los criterios de lectura correctos o quién lee bien y quién no es de una arrogancia epistemológica que solo puede nacer de la ceguera ante los privilegios propios. Es lo que los gringos llaman entitlement.

Además, ¿qué quiere decir con “no saber leer”? Pues, hasta donde sé, los lectores no estamos obligados a usar o conocer las categorías clásicas de estética o análisis, y menos las categorías particulares que le gustan a Torres. Decir que yo no puedo hacer x o y crítica es falso, porque de hecho las hago, y seguiré criticando lo que se me venga en gana —siempre y cuando no use esa crítica para quitarle derechos a alguien—. En resumen, sería mucho más retador que la esencia de su argumento fuera más sofisticada que un ad hominem, como la supuesta ausencia de mi capacidad intelectual. Y es una lástima, porque esto se ha usado para desviar el debate sobre lo importante: que #ColombiaTieneEscritoras y tenemos que dejar de ningunearlas.

El periodista también afirma, con un ensañamiento desproporcionado, algo falso: que yo pretendo censurar a García Márquez desde un argumento moral. Nada parecido está escrito en mi columna y para vedar se necesita más que una crítica; se necesita poder. A García Márquez hay que leerlo, pero no desde la ingenuidad de pensar que era un genio impoluto. Y al entender eso uno también cae en la cuenta de que García Márquez no puede ser ni lo único ni lo primero que leemos, porque las ficciones funcionan como un alfabeto para nuestra imaginación, nos enseñan a pensar. Si solo leemos a unos cuantos hombres, solo podemos pensar desde su limitado vocabulario metafórico de mundo. Es algo así como lo que dice Chimamanda Ngozi Adichie: es peligroso construir el mundo desde un solo relato.  

Cuando era niña mi mamá me decía que no podía leer Cien años de soledad hasta que tuviera al menos 14 años. Sin embargo, a los nueve empecé a leer el libro a escondidas. Tuve que detenerme cuando José Arcadio vuelve a casa y viola a Rebeca en la hamaca. Me dio tanto miedo leer eso, y me preguntaba: ¿es eso lo que significa ser adulto, ser mujer? Duele también leer que hay más violaciones que sexo en su literatura, sin duda un retrato de la Colombia real. Pero mejor que duela, porque quiere decir que uno está atento y no naturaliza la violencia de género en sus historias. Otra forma de no naturalizarla es perderle el miedo a criticar a nuestros ídolos pues, si no podemos criticarlos a ellos, no podemos criticarnos a nosotros mismos, ni al statu quo, ni a las ficciones que construyen nuestro pensamiento. Para tumbar al patriarcado también se necesita conquistar la imaginación.

@Catalinapordios

 

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