Por: Lisandro Duque Naranjo

Toco madera

Recién sacado Chávez de la mediación para un acuerdo humanitario, todas las complacencias del Gobierno fueron puestas en el presidente Sarkozy, de Francia. "Estoy en permanente comunicación con él", decía el presidente Uribe, mientras sus voceros agregaban con un triunfalismo obsceno que "lo de Chávez es cosa del pasado". Eso creían, almas inocentes.

La euforia por Francia duró, sin embargo, también muy poco, y la semana pasada el Comisionado de Paz, en los noticieros del mediodía, dijo: “salgo esta misma tarde para París, a decirle al presidente Sarkozy que el gobierno no quiere mediadores ni facilitadores internacionales”. De allá, obviamente, le dijeron que entonces a qué iba, desbaratándole ese viaje inútil. Pero además, Sarkozy pronunció dos frases muy serias: que no se dejaría manipular (supongo que desde acá), y que otra equivocación respecto a los secuestrados sería fatal. Luego, un portavoz suyo reveló que negociadores franceses, muy en secreto, vendrían a hablar con las Farc. Brincándose al presidente Uribe, desde luego. Las improvisaciones y contraórdenes en palacio, están logrando que ya no sea Chávez el único en sentirse burlado y en aspirar, por lo tanto, a la obtención de resultados por cuenta propia. Quién sabe cómo, pues si a unas pruebas de sobrevivencia les montaron semejante perseguidora, y a sus portadores ya los quieren extraditar, qué decir de lo que harían el Ejército, la Policía y tanto mercenario suelto por ahí, en el caso de intentarse una liberación de secuestrados agenciada desde afuera, y frente a la cual el presidente Uribe quedara como un invitado de piedra. A Íngrid, como objetivo principal no sólo de comandos de asalto, sino de altruismos independientes, podría ocurrirle lo mismo que a un colibrí al que varias manos al tiempo quieren sacar de una jaula estrecha. De modo que cuidado.

Ha dicho Francisco Santos que a la ex candidata la ha hecho más vulnerable la conmoción internacional suscitada por su reciente testimonio desde el cautiverio. Es posible. Sin embargo, dado su desgaste físico, que reclama atención lo que se dice ya, y las dilaciones y reversas a que el Gobierno ha sometido lo del intercambio, no podría decirse que de haber continuado olvidada en la selva estaría propiamente a salvo. Tanto por motivos de salud como por tentativas de rescates a la brava. Entonces, Vicepresidente, ni repetir eso de que, para ahorrarse más peligros, preferible que Íngrid no hubiera escrito nada y de que su foto en soledad no circulara por tantos países. Sobre todo si esa imagen y ese texto, por fin, sacudieron la conciencia pública, lo que habría que agradecerles a Chávez y a Piedad. Y a los emisarios, claro. No quiero, en todo caso, de lo dicho por Santos, colegir que en palacio se renunció ya del todo a construir una nueva mentalidad frente a un acuerdo humanitario. Pensando con el deseo, creo que si Uribe, luego de antojarlos, les sacó la mano al par de mandatarios justo cuando estaban a las puertas de un desenlace satisfactorio, fue porque decidió dejarse para él la única victoria posible en este enredo que armó: la de la vida de los secuestrados y su correspondiente regreso a casa. No le queda de otra. Por menos no se justificaría haber desairado a personajes tan influyentes y cruciales. Ni ganarse la animadversión de alguien tan obsesivo como Chávez. Ni arriesgar, innecesariamente, un mercado que manda a Colombia cinco mil millones de dólares cada año.

El presidente Uribe dijo que una vez estuvo tentado a despejar Pradera y Florida, pero que el general Naranjo le advirtió que se arrepentiría, por lo que desistió de ese acto flexible. Grave confidencia, pero corregible todavía si asume que aunque las Farc son las que agarraron a los secuestrados, el Estado comparte con esa organización la responsabilidad de devolverlos. Toco madera, pero si el Gobierno, por no ser causante del drama, sigue insistiendo con el tal derecho de no formar parte de su solución y del término a sus efectos, pongámosles de una vez la firma a varios desenlaces trágicos. Distintos parajes de la selva colombiana se convertirán en un archipiélago de holocaustos. Sobrarán los palacios de justicia silvestres, de los que ya ha habido anticipos que si no logran enseñarnos nada es porque definitivamente somos insaciables con las matanzas.

Para eludir los malos presagios, lo mejor es acatar a los nuevos mediadores nombrados por el Gobierno, que además son clérigos honorables y experimentados. E insistir, frente a posibles obstáculos y rupturas, en que el Presidente desista de esa adicción a las soluciones de fuerza que lo iguala a sus subalternos uniformados y lo equipara a sus contrarios. Y que no haya tantos cables cruzados, buenos y malos, porque el resultado pudiera ser peor que todos los habidos hasta el momento.

Ya percatado de las consecuencias internacionales de su tozudez, el presidente Uribe debe estar de un ala para tomar decisiones que hasta la fecha le han parecido indigeribles. Su viaje a Argentina debió haberlo hecho sentir muy solo. Tuvo que ser muy amarga esa estancia para que decidiera regresarse por Lima, a redimirse del fiasco con un personaje tan desabrido como Alan García. Hubiera llevado al general Naranjo.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lisandro Duque Naranjo

La velatón fue mundial

No estamos en 2002

Por Petro

Profecía sobre ayer

Ahí les queda esa paz