Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Todavía se puede

No se salieron con la suya los tramposos uribistas que le dijeron No a la paz con calumnias.

Cuando las esperanzas empezaban a flaquear, la vigorosa marcha de las velas protagonizada por miles de jóvenes y el merecido premio Nobel de paz a Juan Manuel Santos, nos mostró que aún “se hace camino al andar”.

Hay que empezar por decir que no es cierto que quienes votamos por el Sí y quienes lo hicieron por el No nos parezcamos en que todos queremos la paz, sólo que los últimos difieren en cómo hacerla. Los uribistas, que se nutren del odio y el engaño al electorado, destruyeron las ilusiones de millones de compatriotas que soñaban con la paz. Por eso apenas ganaron con ardides las elecciones de hace ocho días, plantearon sus “reparos” a los Acuerdos de Paz, y salieron con un chorro de babas, como pedir amnistía para los guerrilleros rasos, como si eso mismo no estuviese consagrado desde La Habana.

El uribismo ha mentido hasta para revelar las verdaderas razones por las cuales votaron por el No. Falso que anden preocupados porque los guerrilleros no vayan a la cárcel o porque se vayan al Congreso. Las verdaderas razones por las cuales complotaron contra el Sí, se llaman problema agrario, “falsos positivos” y/o empresarios “paracos”. Uribe representa esos terratenientes asombrados de que en La Habana se hubiese acordado una revolucionaria reforma a la propiedad rural, a la que se han opuesto desde siempre. Por eso defendieron sus privilegios obtenidos a sangre y fuego, amparados en esa cuadrilla de capataces camuflados de redentores que es el partido de Uribe. Y la otra espina que se sacaron los uribistas triunfando con el No fue la de poner a salvo a los militares comprometidos en los “falsos positivos” y a los empresarios vinculados con el paramilitarismo, quienes habrían tenido que comparecer ante la Jurisdicción Especial de Paz, la cual también han combatido, contando con el insólito respaldo del fiscal Martínez y el silencio cómplice del mediocre ministro de Justicia, Jorge Eduardo Londoño. Ello explica que de entrada pidieran “alivio judicial” para la Fuerza Pública, y si nos descuidamos, la exigirán también para los suyos.

Ensoberbecido con el triunfo del No, el uribismo ha enredado al Gobierno en la estrategia de discutir lo decidido en La Habana, cuando es evidente que ni Uribe ni sus voceros tienen la menor intención de conciliar nada, pues ni siquiera sus tres precandidatos de bolsillo —ninguno de los cuales tiene pergaminos para aspirar al primer empleo de la Nación— han leído los acuerdos, como lo evidenció el paracaidista Carlos Holmes Trujillo, pidiéndoles a los delegados de Santos que empezaran las deliberaciones explicando su contenido. Lo que están ejecutando es una maniobra perversa para atrapar a Santos y desgastar al Gobierno con conversaciones inútiles hasta la elección presidencial, para luego tomarse el poder con alguno de esos tres charlatanes que ahora pretenden subirse al bus de la paz para usarlo políticamente.

Juan Carlos Vélez Uribe confesó que delinquieron para derrotar el plebiscito, como lo hicieron en las presidenciales valiéndose de un hácker que hoy sigue preso, y ello confirma la deslealtad del partido de Uribe con sus contendores, el país y los jóvenes humillados viendo como sus ilusiones se sepultaron por un fraude electoral. Nada los detiene y a todo recurren; por eso ahora retomaron las campañas de desprestigio que heredaron del tenebroso Juan José Rendón.

Santos tiene que sacudirse de los criptouribistas de los que está rodeado —como el momio caleño Alejandro Eder— y de otras yerbas del pantano que lo acechan, y aprovechar la resurrección que recibió gracias a los jóvenes y al premio Nobel de paz que no pudo llegarle en momento más oportuno de su vida y la del país.

Lo que no tenían previsto los uribistas es que con su guerra sucia despertaron al gigante dormido representado por las voces de miles de jóvenes que pronto los aplastarán. No todo está perdido.

Adenda. Apoyo a la propuesta de la prestigiosa escultora Doris Salcedo, de escribir los nombres de todas las víctimas del conflicto en la Plaza de Bolívar en siete kilómetros de tela.

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