Por: Eduardo Barajas Sandoval

Todo el mundo debería votar

Si las encuestas fueran mundiales, seguramente Barack Hussein Obama estaría más tranquilo respecto de sus posibilidades de ser re-elegido presidente de los Estados Unidos.

Aparentemente solo los sectores más obcecados de la derecha de muchos países, acostumbrados a ver a los estadounidenses como su único norte y al ejercicio del poder imperial de otros días como su única fuente de seguridad, están vivamente interesados en que los republicanos lleguen al poder. De resto, la idea de los ciudadanos del común, que prefieren un mundo más abierto y que no tienen añoranzas de la Guerra Fría, prefieren que Obama siga en la Casa Blanca.

Para desencanto de todos los que se interesan desde fuera por los desarrollos del proceso electoral norteamericano, en esta elección crucial solo votan los ciudadanos de los Estados Unidos. Además lo hacen conforme a un sistema extraño en el cual los electores no manifiestan su voluntad directamente por uno u otro de los candidatos, como lo hacen en las encuestas, sino que lo hacen para elegir una especie de delegatarios de su voluntad política que, a su vez, eligen al presidente. Y no hay que olvidar que ese sistema ya produjo la paradoja de la segunda victoria del mustiamente célebre George Walker Bush, que ganó la presidencia sobre Al Gore a pesar de haber perdido los comicios si se tuviera en cuenta el voto popular directo.

Como si lo anterior no fuera suficiente, la elección se hace conforme a una mentalidad política y ciudadana bien peculiar. Los candidatos están obligados, en todas las elecciones, a recibir y exhibir un apoyo financiero lo más fuerte posible, como los tenistas del ranking mundial, para tener opciones de quedar en el primer lugar. Por lo demás, deben aparecer fuertes y contundentes, no tanto en defensa de los ideales originales de la revolución americana, sino en ejercicio de un compromiso entusiasta con los dioses de hoy. Y, aún más, tienen que cumplir con unos requisitos de imagen propios de los rituales de Hollywood.

Barack Obama no podía esperar a un segundo mandato para cantarles la tabla a todos aquellos que, por falta de regulación, sacaron tantas ventajas particulares al ritmo de la euforia de un capitalismo desbocado que terminó en lo que debía terminar, que no es otra cosa que la consabida crisis de la polarización social. Mal habría podido dejar para después el intento de corregir la desconfiguración de la democracia económica que tantos beneficios trajo en su momento de esplendor a su país. Si no se hubiera atrevido a cuestionar al poder financiero, que juega con el mundo como dueño de un casino, los desencantados habrían sido sus propios electores, lo mismo que sus simpatizantes extranjeros, y nadie habría encontrado el sentido de su llegada al poder.

Tal vez el Presidente cometió la equivocación de comportarse de manera pasiva en el primero de los debates televisados, que forman parte del ritual de la elección más que en cualquier otro país. Y al obrar como si no estuviera bajo el fuego de las furias desatadas en su contra por los ricos damnificados de su política y de los ideales que persigue, permitió que los indecisos se entusiasmaran por la euforia teatral de su contrincante, que no tenía nada qué perder y aprovechó la ocasión para ganar unos puntos cruciales, en un momento decisivo, y que le han dado el lujo de correr cabeza a cabeza a pocos días de la elección.

Pueda que Willard Mitt Romney no haya sido capaz de mostrar fortalezas en los otros dos debates televisados, y particularmente en el que hizo el ridículo en materia de política exterior, que tanto pudo haber gustado a ciertos sectores en el extranjero. Pero en cambio lo ha hecho bastante bien en los otros escenarios de la campaña, para complacencia de esa audiencia sencilla, e ignorante de buena fe, que resulta tan proclive a reaccionar favorablemente a las propuestas propias del populismo de la derecha. Y con ese discurso está cercano al poder, que ejercería, esperan los radicales de su bando, de manera parecida al inverosímil segundo de los Bush, o de pronto un poco mejor. Algo que en todo caso significaría volver al pasado y perder unos cuantos avances, no solo para su país sino para un mundo que debería ser más democrático, con unos poderes económicos bajo prudente control, y más innovador.

Lo cierto es que, una vez más, como cada cuatro años, los que votan son solamente los ciudadanos de los Estados Unidos, que llevan al poder a alguien cuyas acciones, para bien o para mal, afectan todavía al resto de la comunidad internacional, y mucho más a los países que siguen fielmente convencidos de que Washington es su norte y que entre más típico sea su presidente, tanto mejor.

Para bien de la causa del progreso y la libertad, en sus dimensiones más amplias, Obama debería ganar. Y si pierde, no son solo los demócratas de los Estados Unidos los que se repliegan, sino que resultaría relegada la opción de que los procesos de la vida internacional avancen en una lógica distinta de la de la Guerra Fría. Por lo demás, nada más inconveniente que el retorno abierto al ejercicio del poder imperial, económico, político o militar, como fuente de unos arreglos que sólo convienen a los más fuertes y dejan por fuera a los demás

 

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