Por: Diana Castro Benetti

Todo toma tiempo

La curiosidad llega con los intervalos y con el caminar lento. La belleza también. Y en contravía va la pesada herencia de otro siglo: un afán que, sin saber su norte, avanza vertiginoso y lleno de culpa.

Peregrinaciones y largos itinerarios no son más un motivo para el gozo. Sin piel y sin olfato, las cabezas y las manos están demasiado llenas de baratijas como para percibir que el simple caminar despacio es el perseguido talismán de la inmortalidad. Máquinas, consumos, prisas y paquetes son el mundo de la ansiedad y la codicia. El ritmo agitado cae fácil en lo superfluo: necesidades y obsesiones que nublan las mentes sutiles y amarran los espíritus libres. Un mareo y la horrenda marca de una modernidad que en su veneración por el dinero y la acumulación censura la pausa y el intervalo. No hay respiro en el imperio del ajetreo ni valor en el detenerse; ir despacio es sinónimo de debilidad, pereza o idiotez y, a veces, es visto como el indicio de la locura. ¿Quiénes piensan la pausa? Los excéntricos, los improductivos, los utópicos y los chiflados.

Pero en el andar holgado se construye una relación con el entorno, con el tiempo, con la luz, con ese todo que acaba siendo uno mismo. Recorridos sin rumbo que permiten destellos de creatividad e incertidumbre y que dan paso a la intuición, la fantasía y los aromas de los segundos. Un intervalo es toda la curiosidad por el futuro, y al frenar en una baldosa se destierra la agitación, se reconoce la imagen de un recuerdo y es el tiempo recobrado, una obra maestra. Aparecen la música, el amor, la poesía, una revelación. Un acto de atención abre el color, el sonido del viento, la proximidad de un pájaro, y reproduce infinitos espejos en una gota; es ahí, en el recodo de la tenue desaparición del ruido, donde la belleza se manifiesta como vínculo con la vida.

Toma tiempo llegar al pueblo de los abuelos. Toma tiempo nacer, toma tiempo amar, toma tiempo morir como también se toman sus años la paz y los olvidos. Toma tiempo recorrer el cuerpo del amante porque, al tacto, se vuelve infinito. Todo toma tiempo, porque parsimonia es una palabra que viaja con el contoneo descarado de las libertades. Que no se menosprecie la lentitud, esa sabia emperatriz del esplendor interior y del mirar fino y delicado. Dejemos que la estrella fugaz merezca su espera tanto como el almíbar sus pétalos de rosa.

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2018-08-09T21:00:00-05:00

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