Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Todo un librero

“La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos presenta como un inmenso arsenal de mercancías”, dice mi amiga Isabel Barragán citando la primera frase de El capital, de Karl Marx. Abre los brazos y abarca con su gesto la inmensidad del Home Center en Envigado. Vinimos por grifería para los baños de la finca de su marido, Nano, ganadero de nueva generación.

Ella, qué le vamos a hacer, está requetesexy con su atuendo de mayordoma de ciudad: bluyines Levi’s ceñidos y rotos en las rodillas, camisa leñadora de algodón sin marca y botines Ferragamo, desgastados por el uso. Mientras rebuscamos en las estanterías se pone a hablar de un libro que la tiene conmovida. “Se llama Un librero, una colección de invenciones y memorias de Álvaro Castillo Granada, otro lector que escribe, como tú”, dice. “Es un tipo calvo, barbado y con gafas a lo John Lennon, un hippie del siglo 21”, agrega. “Ha leído todo lo que se puede leer en esta vida. En su librería San Librario, de Bogotá, compra y vende libros de segunda…”. “Libros usados o leídos”, la interrumpo. “Allá tú con la corrección política”, se desentiende y empaca en el carrito un kit para lavamanos.

“A primera vista, Un librero es inclasificable”, dice. “Son recuerdos de libros que han pasado por sus manos y de lectores, amigos o clientes que ha conocido. Dejándose llevar por la imaginación, la loca de la casa, Álvaro se inventa el trasfondo de hechos históricos. Por ejemplo, una foto de Julio Cortázar en el Malecón de La Habana. O un homenaje que el Partido Comunista de Chile (¡!) hizo en 1944 al sargento / general Fulgencio Batista (¡!) en Santiago”. Abro los ojos, con el ceño fruncido, a lo best seller. “Son malabarismos de singular destreza”, agrega.

“Desde ya lo incluyo en la short list del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2018”, dice Isabel. “¿Y es que tú acaso eres del jurado?”, me asombro. “Ojalá”, dice, con saudade de lo que no ha pasado, esa negra espalda del tiempo, como dice Javier Marías. “Lo digo porque Un librero es un libro exquisito, digno de recordación y encomio. Original, lleno de humor. Sin pretensiones literarias, sutileza con la que precisamente alcanza espléndida literariedad. Porque este Álvaro lo hace muy bien”. “¿El qué?”, me desconcierto, por andar siempre pensando en lo mismo. “Escribir, pendejo. Y también le gusta mirar tetas, como a ti.” Me pongo rojo como un semáforo en rojo: “¿Yo?”. “No, Borges”, dice, y el sarcasmo hiere. “Cruel y desalmada”, murmuro, mientras con gula de ratón de biblioteca analizo su hermosísimo frontis. No seré librero, pero yo también trato de hacerlo bien.

Rabito: “Fulgencio Batista se detuvo frente a una multitud de camaradas (y colados que nunca faltan) que lo aclamaban, cuando la vio pasar por su lado. ¿No te acuerdas que te conté que el 7 de mayo la vi por primera vez en mi vida cuando fui a llevar la carta al club? Ella misma. Y le pasó la mano derecha por las nalgas mientras le decía: «Pero qué clase de culo…». Y ella, roja de la ira, casi como un apache, lo fulminó con la mirada y siguió su camino. Fue en ese instante que tomé una botella de Coca-Cola que estaba abandonada sobre una mesa y se la lancé a la cabeza. Con tan mala suerte que erré el tiro y, en lugar de descalabrar o noquear a Batista, le di a un camarada de apellido Joffre”. Extracto de La Victoria, en Un librero. Álvaro Castillo Granada. Literatura Random House, febrero 2018.

@EstebanCarlosM

 

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