Por: Columnista invitado

Todos en trumplandia saben que es un idiota

Por Michelle Goldberg

Una de las anécdotas más alarmantes en el nuevo y escandaloso libro de Michael Wolff, “Fire and Fury”, que habla sobre la Casa Blanca de Donald Trump, es la del despido de James Comey, el antiguo director del FBI. No son los motivos de Trump los que dan miedo; Wolff dice que Invanka Trump y Jared Kushner estaban “cada vez más asustados” y “nerviosos” sobre lo que Comey iba a encontrar si se entrometía más en las finanzas familiares, lo que constituye un hecho incriminatorio, pero nada sorprendente. La parte escalofriante es cómo, en el relato de Wolff, Trump evadió a sus consejeros, algunos de los que pensaban que lo podían contener.

“Durante la mayor parte del día, casi nadie sabía que él había decidido resolver el asunto por sí mismo”, escribió Wolff. “En los anales presidenciales, el despido del director del FBI James Comey podría ser el movimiento más significativo jamás hecho por un presidente moderno actuando totalmente por su cuenta”. Ahora imaginen a Trump si toma la misma actitud cuando quiera ordenar el bombardeo a Corea del Norte.

El escabroso libro de Wolff salió a la venta el viernes; la fecha se adelantó debido al furor mediático que provocó, pero me fue posible conseguir una copia por adelantado. Constituye ya un trabajo trascendental, pues ocasionó una ruptura incendiaria entre el presidente y su antiguo jefe de estrategia Steve Bannon, quien le dijo a Wolff que la reunión que Donald Trump Jr. negoció con los rusos con la esperanza de ensuciar a Hillary Clinton fue “traicionera” y “nada patriótica”.

El jueves, los abogados del presidente le mandaron una carta para que se detuviera y desistiera al editor de Wolff, Henry Holt. Le exigían detener la publicación, declarando, entre otras cosas, que constituye difamación e invasión a la privacidad. Este movimiento podría parecer fascista si no fuera tan ridículo. (Aunque algunos han lanzado cuestionamientos sobre los métodos de Wolff, Axios informó que él cuenta con muchas horas de entrevistas grabadas).

Hay muchos detalles impresionantes en el libro. Nos enteramos de que el gobierno tiene especial animadversión por lo que llaman “Mujeres DOJ”, o mujeres que trabajan en el Departamento de Justicia. Wolff escribe que después del caos de los supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, Trump sostenía con racionalizaciones en privado “por qué alguien podría ser un miembro del KKK”. El libro recuerda que después de la purga política en Arabia Saudita, Trump hizo alarde de que él y Kushner organizaron un golpe de Estado: “¡Pusimos en el poder a nuestro hombre!”.

Pero lo más importante es que el libro confirma lo que ya es de conocimiento general: no solo el hecho de que Trump es completamente inadecuado para la Presidencia, sino que casi todos a su alrededor ya lo saben. Un hilo conductor del libro “Fire and Fury” es la manera en que parientes, oportunistas y funcionarios tratan de manipular y manejar al presidente, y qué tan seguido fracasan. Tal y como Wolff escribió en un ensayo con base en su libro para Hollywood Reporter durante el año pasado, de la gente alrededor de Trump, “el 100 % ha entendido que es incapaz de ejercer su cargo”.

Según Wolff, el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, y Reice Priebus, el antiguo jefe de personal, se refirieron a Trump como “idiota”. (Igual que el magnate de los medios Rupert Murdoch, dueño de Fox News, aunque él dijo una mala palabra antes). El consejero económico en jefe de Trump, Gary Cohn, compara la inteligencia de su jefe con el excremento. El consejero de seguridad, H.R. McMaster, piensa que es un “imbécil”. También se supo que el secretario de Estado, Rex Tillerson, dijo que Trump era un “tarado”, lo cual intencionadamente se ha rehusado a negar.

Sin embargo, estas personas continúan apoyando o defendiendo este remedo enfermo de Presidencia. Wolff hace un intento por explicar los motivos de las personas privilegiadas cercanas a Trump. Ivanka Trump parece alimentar el terrorífico sueño de seguir a su padre en la Presidencia. Otros, escribe Wolff, se autoconvencen de que pueden ayudar a proteger al país desde su trabajo en la Presidencia: el “desastre que podría realmente dañar a la nación y, en consecuencia, a tu propia reputación, podría trascenderse si eres considerado como la persona, a fuerza de capacidad y comportamiento profesional, que está tomando las riendas”.

Esta idea delirante es tan alocada, en su propio estilo, como la declaración de Trump de que la grabación de “Access Hollywood” es falsa. Algunos de los militares que tratan de apaciguar la política exterior, en medio de los berrinches y caprichos de Trump, quizás estén haciendo algo decente, sacrificando su reputación por un bien mayor.

Sin embargo, la mayoría de los miembros de campaña y gobierno de Trump son simplemente unos traidores. Están dispuestos, con base en una mezcla complicada de ambición, resentimiento, cinismo y racionalización, a poner en peligro la vida de todos nosotros, la de nuestros hijos, al negarse a confesarle al país lo que saben acerca del envejecido bufón que se jacta del tamaño de su “botón nuclear” en Twitter.

Quizá, en estos momentos, la gente que orbita a Trump está complacida porque ha pasado un año sin ningún desastre de proporciones épicas, a menos de que tomaran en cuenta a las cerca de 1.000 o más muertes en Puerto Rico, lo cual seguramente no hacen.

Hay un viejo chiste, recientemente rescatado por Josh Marshalll de Talking Points Memo, que describe nuestra situación actual: un hombre cae de un edificio de 50 pisos. Mientras pasa volando por el piso 25, alguien le pregunta cómo le va. “¡Hasta ahora todo bien!”, contesta.

Tarde o temprano, tocaremos el piso, y suponiendo que Estados Unidos sobreviva, debería haber un ajuste de cuentas para minimizar la expulsión violenta de Harvey Weinstein y sus compinches malvados.

Trump, según muestra el informe de Wolff, carece de funciones ejecutivas, no cuenta con la capacidad para procesar información ni sopesar las consecuencias.

Esperar que actúe a favor de los intereses del país es como exigirle a tu gato que lave los platos. Sus alcahuetes no tienen esa excusa.

(c) The New York Times 2018

 

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