Por: Julio Carrizosa Umaña

Todos estamos traumatizados

Ningún colombiano pudo salvarse de los impactos de la guerra; consciente o inconscientemente, todos tenemos recuerdos que modifican nuestro comportamiento.

Más de tres generaciones fueron afectadas por la guerra de guerrillas y paramilitares, financiada en parte por el narcotráfico, facilitada por la corrupción del Estado y de los particulares y alimentada por carne joven extraída de las comunidades más pobres.

Estos cuatro factores: violencia, corrupción, narcotráfico y pobreza se criaron y se reforzaron unos a otros, pulularon en la diversidad ecosistémica y, al mismo tiempo, deterioraron la belleza y la extrema complejidad de nuestros paisajes.

Los más traumatizados por estos procesos son los que afirman que nunca hubo guerra.

Muchos de ellos se negaron a percibirla al encerrarse en sí mismos, protegidos por legiones de guardaespaldas. Otros han vivido desde niños en el exterior o en los mejores barrios de las grandes ciudades y de la guerra sólo conocen lo que se ve en las salas de cine o en la red; algunos sólo quieren olvidar completamente sus desgracias.

Los que simplemente creen que negándola consiguen sus objetivos son aquellos que han resuelto no ver a las víctimas, incluso no verse a sí mismos, los que están sumergidos sin darse cuenta en imaginarios que los ponen en cúspides inmarcesibles.

Claro está que a todos los colombianos nos tocó la guerra en la cabeza, incluso a quienes la vimos desde lejos. Los cuatro candidatos a la Presidencia asesinados, los seis millones de desplazados, las decenas de miles secuestrados no se olvidan en ninguna mente sana y esa trágica realidad es necesario reconocerla para construir la paz.

En especial, es necesario que reconozcan la guerra quienes vivieron en los territorios más protegidos o aquellos a quienes sus condiciones socioeconómicas aparentemente los defendieron de sus impactos. Entre estos, los bogotanos que sólo tuvieron que quejarse del tráfico o de los ladrones, los costeños que fueron capaces al fin y al cabo de librarse de la violencia cachaca, los antioqueños, los boyacenses, los caucanos, los vallunos y los santandereanos, que sobrevivieron a la degradación de sus regiones. Todos ellos suman más de 20 millones de ciudadanos que prefirieron no votar; posiblemente, sus traumas los conducen a alejarse completamente del poder y tienen razones que debemos todos considerar si queremos construir la paz.

Miembro de la Paz Querida

 

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