Por: Aura Lucía Mera

Todos estamos untados

HACE ALGUNOS AÑOS  ESCUCHÉ EN una sesión de terapia una frase que se me quedó grabada con fuego: “Cuando señales a otro, fíjate que sólo un dedo apunta hacia afuera, mientras  tres te señalan a ti”.

Lo mismo que el antiguo proverbio: “Antes de mirar la astilla en el ojo ajeno, mira la viga en el propio”. O la certeza de los psiquiatras y sicólogos al afirmar “...que cuando Pedro me habla de Juan, aprendo más de Pedro que de Juan...”. La vida, a golpes y sacudones, me hizo aterrizar en la verdad de estas sentencias. No son frases soltadas al azar. Son verdades de a puño.

Festejamos la muerte de Tirofijo; aplaudimos la desaparición de Raúl Reyes; esperamos con morbo toda la información de los famosos computadores a ver quién más cae; brindamos por cada congresista condenado por paraco o narco o faraco; no nos perdemos ni un capítulo de la grotesca telenovela ‘Teodolindo y Yidis’; nos molesta tanta chusma en cada semáforo y nos indignamos cuando nos caen como abejas africanas con aguacates, limpiavidrios, portacelulares, juguetes, chicles, cigarrillos, plátanos y chirimoyas, amén de rosas deshojadas según la hora. No leemos los cartones mojados por la lluvia que nos muestran la breve y trágica historia de desplazados perdidos en medio del concreto y el tufo de los buses, sacados a mansalva del campo donde respiraban pobreza digna. Se aumentan los intereses para que el pueblo se joda más. Sube la canasta familiar y con ella el hambre.

Señalamos. Juzgamos. Nos escandalizamos. Criticamos y nos lavamos las manos con detergente pilatos. Pero todos estamos untados desde hace generaciones, sea por acción o por omisión. No necesitamos agarrar un fusil, ni volar una torre, ni sembrar alguna mina quiebrapatas. No necesitamos trabajar a las ordenes de algún “patrón” de cadena de oro y caballos de paso. No necesitamos estar afiliados a ningún bando para ser igualmente responsables del caos en que vivimos.

Si hace cincuenta o más años los dirigentes de entonces, legislando enfundados en trajes de paño ingles, de pierna cruzada y coñac en la mano, se hubieran untado siquiera un poco de la realidad del país, si le hubieran puesto bolas a un campesino analfabeta enfurecido porque le habían matado unas gallinas... y algunos familiares, si hace veinte años no nos hubiéramos abierto de piernas ante los narcos triunfantes, si no hubiéramos cohonestado de alguna manera con la formación de ejércitos privados para defender latifundios, estoy segura de que viviríamos en una patria diferente. Que nuestros hijos y nietos disfrutarían de otros aires, que los enjambres de abejas ambulantes no existirían, que los campesinos no portarían cartones con su historia... que... que... que...

Si somos capaces, aunque sea por unos minutos, de mirar los tres dedos que nos señalan y no fijáramos el índice en todos los demás, descubriríamos dolorosamente que todos, sin excepción, estamos untados. Que formamos  todos la masa con la que está hecha el pastel. Ricos, pobres, empresarios, políticos, banqueros, amas de casa, campesinos, solteros, casados , gays , Opus Dei, ateos, católicos, cristianos latifundistas, empleados, resentidos, patriotas, capitalistas, comunistas, estudiantes, hijos de papi, hijos de nadie... Como en Fuente Ovejuna... Todos a Una.

Para tener otro país, un país digno, con oportunidades para todos, un país en el que niños no mueran de hambre ni estén condenados a la miseria, tenemos que cambiar las estructuras sociales. Esta no es una pelea de ladrones y policías. Se trata de equilibrar la balanza. No más “ricos epulones ni pobres lázaros”... todos tenemos los mismos derechos. Sólo así lograremos la paz.

 

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