Por: Aura Lucía Mera

Todos a la cárcel

La ley de la discriminación, igual a la que pretendieron meternos por las narices en la época de Uribe sobre la condena, tratamiento y exclusión a los consumidores de droga, es una más de las aberraciones de ciertos ponentes que ya no saben cómo justificar sus desproporcionadas prebendas en el Congreso. Quieren, además, pasar a la historia con cualquier “maricada”...

¿Qué es discriminar? ¿Cuándo discriminamos? ¿Lo hacemos por acción, omisión o creencias? ¿Quién se salva de ser discriminado? ¿El resentimiento da papaya para acusar a alguien de discriminación? ¿Hasta qué punto escoger algo por encima de otra cosa es discriminar? ¿Me iré para la cárcel por creer y afirmar que María Isabel Urrutia no está capacitada para ser alcalde de Cali? ¿Me van a encanar por estar feliz porque le cerraron las puertas en las narices y de zopetón a un tipo tan lagarto y peligroso como Ernesto Yamhure? ¿Seré reo o rea por no saludar, ni invitar, ni tener ninguna clase de relación con traquetos, narcos, paras o guerrilleros? ¿Por no saludar a los que, estoy convencida, se han robado el departamento del Valle y su capital, Cali, durante décadas? ¿Por escoger con quiénes me relaciono y con quiénes no? ¿Discrimino al truhán de la motocicleta que se me avienta encima y le lanzo un adjetivo contundente?

¿Pagaré condena y aislamiento por no comulgar con ninguno de los atropellos del Ubérrimo cuando ejercía el poder? ¿Por sentir satisfacción perversa de ver a Uribito pillado y aislado? ¿De cruzar los dedos para que enjuicien rápido a los Nule? ¿Soy sospechosa al alejarme de alguien que huele a sobaco y a gitano mal sentado? ¿ Por no mamarme a Amparo Grisales haciendo pucheros mientras otros dan alaridos?

Pues les cuento: prefiero irme para la cárcel que hipotecar mis gustos, mi facultad de escoger o mi capacidad de selección. Pueden ser los personajes gays, negros, amarillos, blancos, sacerdotes, políticos de cuello blanco... Desconfío y me alejo de las iglesias y políticos cristianos, de los del Opus Dei, de los sacerdotes chocolateros, de los politiqueros y los gamonales, de los sindicatos que no piensan sino en sus prebendas, de los empresarios de busetas que acogotan a sus conductores con la ley del centavo. Discrimino a conciencia ciertos noticieros que están vendiendo su alma al diablo (si es que todavía la tienen), discrimino de mi vida a José Obdulio Gaviria. No acepto que se me acerquen muchos pajarracos. Sí. Soy la candidata precisa para ocupar la primera celda en el pabellón de los discriminadores. Sólo pido que me lleven cigarrillos, porque también discrimino a los que me discriminan.

Creo que hoy martes se aprueba la ley. Hagamos fila. Porque a todo el país lo van a tener que enrejar. Defiendo el derecho al ladrido, el derecho a escoger, a no comulgar con ruedas de molino simplemente porque el “discriminado” tiene la piel de diferente color o prefiere las cadenas de oro a las perlas. Tengo en mi abanico de amores a gays, negros, blancos, orientales, políticos, pobres y ricos. Porque son hombres y mujeres sensacionales en todo el sentido de la palabra. Espero que me visiten en la cana.

 

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