Por: Diana Castro Benetti

Todos los deleites

La emperatriz está enamorada. Y como todo lugar común, dice que venera su pasado y se complace con la alegría de aquellos días. No es princesa ni aspira a reino alguno.

Es aquella que se muestra sin barreras y que, para volver a recibir, ha sabido, a lo largo de los años, decir adiós. Hace rato que desbarató la queja y enjauló los remilgos para ofrecerle a su presente algunos bordados y todos sus contornos. Al aceptarse en su propio cuerpo, hace burla de las nimiedades y se desabrocha ante los apuros porque, muy lejos de la casualidad, sabe que su goce es el producto de una larga experiencia. Confiada y abierta, puede decirse que la sencillez de su rango planetario le permite el acto de disfrutar de las ofrendas de los días. 

La emperatriz es maestra en amores porque logra olvidar sus sufrimientos y deja, sin talanqueras, que la corriente circule por sus caderas, aquellos recipientes milenarios de pasiones y deseos. Ligera, resuelta y feliz, conspira con el aire y las cascadas que la rodean. Abre sus pulmones y sabe que la belleza de una piel manchada, es el señuelo perfecto, incluso, para acoger el desprecio, la celulitis y las arrugas. Hace de sus imperfecciones su mejor seducción y ofrece su ser para sembrar aromas y sonidos. Abundante en curvas, la emperatriz ama lo que ha sido y vive para sus instantes de conciencia y creatividad.

Y, aunque como todos, gruñe, rezonga, anhela, llora y grita, siempre intenta diluir sus resistencias para no espantar la imaginación. Es capaz de cubrirse de flores, asteroides y estrellas y rodearse de grandes ventanales. Luce una corona de diamantes y soporta un báculo a la medida, una y otro son el reflejo de una ancestral magia natural y erótica. Con su cuerpo, su dulzura y su imaginación, tiene más que suficiente. Tiene tanto como para no alimentar sus necedades con el deseo.

La emperatriz no es otra cosa que el símbolo universal de la exaltación vibrante de los sentidos. Es oler, escuchar, sentir la vida, la propia, la única, la actual. Es sentir que el agua baja lentamente por la espalda para fundirse con el aroma de una naturaleza casi animal. Por esto y por mucho más, es por lo que la emperatriz somos todos. Nos recorre y, por ratos, la encarnamos. Ella y nosotros, somos la entrega y la inteligencia que ama. Somos así cuando nos llenamos de deleites. La emperatriz es la tercera morada en el tarot, un nido para la pasión creativa.

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