Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro

Todos perdimos

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro*

Creo que existe, so pena de equivocarme, una especie de crisis existencial en Colombia. Tan existencial como cuando Sartre mencionaba en su obra El diablo y el buen Dios que “es a través de la violencia que terminaremos por educarnos”. Esta crisis se junta a muchas otras y puede que se esté convirtiendo en el colofón de la extrema politización de la paz a la que nos hemos visto enfrentados en los últimos meses. Aunque no se habla mucho de esta politización, es evidente que si la paz sigue siendo vista como un producto de intereses personales y políticos no va a llegar muy lejos. Una cosa es debatir sobre cómo buscar la paz y otra andar poniéndole trabas al vecino para que no se logre. Una cosa es estar en desacuerdo sobre el proceso mismo y discutir con argumentos al respecto, y otra disentir sobre el objetivo final e intentar llegar a él a cualquier precio sin tener en cuenta lo que piensen los demás. La crisis existencial radica en lo difícil que ha sido definir y hacernos entender como sociedad lo que significa vivir en paz; lo que representa promover la no violencia en el día a día; lo que llegaríamos a ser como país si fuéramos más empáticos, menos desconfiados y sobre todo más transparentes.

Una prueba de esta crisis es la última columna de Daniel Coronell en la revista Semana donde de manera abierta se pregunta por qué, si la revista estaba al tanto del tema de los falsos positivos, no se le adelantó al New York Times. El texto es sincero, preocupante y denota con claridad lo politizado que está todo en Colombia. El New York Times publica, Coronell escribe, la revista le quita la columna, y la vida sigue. Sin embargo, toda esta historia y las numerosas réplicas posteriores en diferentes medios de comunicación dejan una desazón en el aire; una latente preocupación sobre quién nos gobierna y quién nos informa; una profunda sensación de rabia al saber que detrás de tantos intentos por buscar la paz sigue habiendo guerra.

En el fondo, creo que la pregunta no es por qué Semana no publicó esa noticia, sino hasta dónde la revista está realmente “ayudando” al gobierno a “engavetar” ciertas informaciones. Me queda la inquietud de cómo una persona tan capaz como Daniel Coronell no se tomó el tiempo de analizar con calma el alcance de esta supuesta ayuda, para luego publicar el resultado de su investigación y, en caso de ser necesario, renunciar a la revista. Habría sido sin duda una salida algo más justa con el periodista y con su compromiso por descubrir la verdad en nuestro país.

Al final, la crisis existencial que se vive hoy en día en Colombia parece estar afectando, sin querer queriendo, también al periodismo: se está poniendo en duda su esfuerzo por la búsqueda de la neutralidad y la independencia. Lo más difícil de aceptar en esta historia es que, como sucede con frecuencia en nuestro contexto, todos salimos perdiendo: perdió Coronell porque no pudo encontrar respuestas concretas a sus preguntas y se quedó sin la columna; perdió la revista Semana porque quedó en entredicho y perdió a un gran periodista; perdimos los colombianos porque no solo terminamos viendo, en otro contexto, uno de esos rifirrafes a los que nos tienen acostumbrados los políticos, sino también porque somos testigos de cómo se ve afectada la libertad de prensa. Y perdió el periodismo de manera general: además de que los periodistas tienen que hacer su trabajo en un país donde las amenazas en su contra son seguramente pan de cada día, ahora les toca justificarse y demostrar que ese trabajo lo están haciendo de la mejor manera posible. No estamos lejos de pedirles explicaciones a los líderes sociales sobre su trabajo con la comunidad. No dudo de las buenas intenciones de Daniel Coronell, pero algo faltó para que esta historia pudiera tener un final un poco más justo con todos. Un final un poco más justo con la verdad.

* Consultor e investigador en educación.

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