Por: Mario Méndez

Todos querrían que rían los ríos

Quizá la gramática aconseja decir que “todos quisieran…”, pero se daña el título. Al margen de la señora academia y sus cánones, ¿quién no quiere que las corrientes fluviales sobrevivan y se vean límpidas, transparentes, en el mundo? En lo que tiene que ver con Colombia, tarde y lejos estamos de comprender la necesidad de proteger nuestros páramos, las selvas, las montañas, lo que Andrés Hurtado García llama “fábricas de agua”. Este terco y admirable pedagogo, enamorado de las montañas, pide a gritos que no acabemos con la riqueza acuífera del país. Parece que se oye pero no se escucha esta voz tan importante.

Recordamos una escena terrible de hace años al pasar por el puente de Cajamarca, en operación desde 1959 y tal vez todavía el más alto del país: una señora desocupaba sus bolsas de basura sobre las aguas del río Bermellón y, a pocos metros, otra persona se aprestaba a hacer lo mismo. Cuando esto ocurre, se puede tomar como indicador de una lamentable falta de conciencia social respecto de normas mínimas de comportamiento frente a las cosas más elementales.

Recientemente, yendo de Bogotá a La Mesa por la vía de Mosquera, en un punto desviamos hacia la derecha por una carretera destapada, con el ánimo de apreciar —o sufrir— otra escena que, como diría el mexicano Juan Gabriel, no nos hace “nada bien”. Avanzando pocos kilómetros, encontramos la laguna de La Herrera, frente a la cual, a no más de 500 metros, hay explotaciones de arena que ya tienen calva la montaña. Sin ser expertos en acuicultura ni en orografía, se nos ocurre que esa arenera no debiera estar operando por cuanto las partículas pueden llegar hasta la laguna. O, si hay licencia —que debe haber—, ¿se aplicarán protocolos de protección con un manejo adecuado, incluyendo trabajos de reposición de la capa vegetal? Lo cierto es que en pocos años la laguna ha perdido alrededor del 80 % de su extensión original.

Ahora, agreguemos todo lo que se deriva de la deforestación, de la minería que amenaza los páramos desde los bufetes de las grandes empresas sedientas de oro, de la fiebre colonizadora y la ganadería extensiva, para dimensionar los peligros que amenazan el agua del país. A propósito de minería, el pasado lunes 6 de noviembre oímos en televisión al representante de una minera multinacional que mira con agua en la boca hacia una zona del páramo de Santurbán, mientras los habitantes del área, que sospechan potenciales riesgos, buscan impedir que los planes de explotación se lleven a cabo.

El páramo de Santurbán corresponde a Santander y Norte de Santander, tiene numerosas y hermosas lagunas, e interesa a 30 municipios y al aseguramiento de agua para millones de colombianos, en cuyos territorios se lucha por la protección de esta riqueza natural. Hoy está en discusión si prevalece la naturaleza o se salen con la suya los intereses privados. Santurbán está en la misma situación de La Colosa, en Cajamarca. Pero la gente resiste.

Pregunta ingenua. ¿Algún mandatario colombiano habrá tenido la ocurrencia de pensar en Andrés Hurtado para ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible?

* Sociólogo, Universidad Nacional.

 

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