Por: Lorenzo Madrigal

Todos quieren con Uribe

AL PAÍS NO PARECE IMPORTARLE todo lo que se ha perdido institucionalmente en este gobierno de seis años, ya contratado para ocho y por contratar para doce, por el momento.

Tenemos, a cambio, carreteras transitables en los alrededores de Bogotá, al menos. No me refiero a que estén exentas de derrumbes o barrizales, sino transitables en materia de seguridad y no hay para qué agregarle lo de democrática, pues no lo es.

Están arrinconadas las Farc, diezmado su secretariado, extraditados los principales capos y comandantes del paramilitarismo, en sucesivos operativos, no del todo limpios, como se pensó inicialmente.

Algo de reconocer también es la buena relación con el país del Norte y la palmadota en la espalda que su gobierno republicano le ha dado al nuestro, de extrema derecha liberal. Al menos eso nos asiste en materia de relaciones internacionales, por lo demás deterioradas.

Podría decirse: qué bueno que siga Uribe, mientras nos dure. Cómo ha vengado de bien el asesinato de su padre; cómo va cumpliendo lo de exterminar la guerrilla y cómo se ha brindado a su pueblo en todas las esquinas del país.
Hay quienes, sin embargo, particularmente los que hemos vivido la tradición republicana, los que hemos seguido la historia política por al menos cincuenta años, que advertimos el peligro, que miramos al abismo y no dudamos, por experiencia vivida en este país y observada en otros, de lo precario de los personalismos, de la caducidad de  líderes mesiánicos y providenciales.

Ya el país no volverá a ser el mismo. Ya se ha tocado y manoseado su estructura, ya para qué. Como los huevos de ciertas aves, si se los mira, ellas los abandonan. Así cualquier presidente, distinto de Uribe, que llegue al poder de esta ex república, llegará por ocho años, como quien exige un derecho adquirido.
Y sabe Dios con qué clase de ser humano y político va a tropezar la Nación, víctima de su propio invento, el de haber arrojado a la jura sus leyes fundamentales.

Descomponiéndose alegremente ahí va Colombia, mientras ignora, por la vía fáctica, los desarreglos jurídicos, las reformas constitucionales hechas con el pésimo gusto de ser concebidas para el gobernante. Y, como si fuera poco, conseguidas mediante arreglos burocráticos, que últimamente han quedado, nunca tan exactamente dicho, al desnudo.
Pero bien, otros ven que es ésta la forma de salir adelante de tantos problemas y asedios, de la maldad guerrillera y de su salvaje crueldad secuestradora, del terror de los paras y últimamente del cerco que nos han tendido los tres países del dictador Hugo Chávez.

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