Por: Mario Fernando Prado

Todos resultaron pescadores

Lo que está sucediendo en San Andrés y Providencia es insólito: A raíz del fallo de La Haya y el posible impedimento de pescar en las otrora aguas nacionales o en sus alrededores, el Gobierno decidió darle una subvención a cada pescador de un millón 800 mil pesos mensuales durante seis meses, y ¡quién dijo miedo!

Por una parte, los otrora pescadores cambiaron sus anzuelos y sus chinchorros por las hamacas y el dominó. Tiraron por la borda sus labores diarias y simplemente le dieron la espalda al mar, no volvieron a montarse en sus lanchas y/o canoas y abandonaron esa actividad, vocación y hasta apostolado, y se dedicaron a la vida muelle, a la ociosidad —que es la madre de todos los vicios— y a ese jueguito de las fichas mezclado con una o varias frías, disfrutando de semejante regalo de papá Santos, quien no se imaginó lo que iba a suceder con su loable iniciativa.

Pero hay más: los pescadores sanandresanos se multiplicaron como por arte de birlibirloque y en estos momentos no hay mano de obra disponible: todos andan de expescadores damnificados recibiendo su platica como indemnización por no poder trabajar en su actividad de toda la vida (!).

Vigilantes de condominios, obreros de la construcción, choferes, meseros, cargamaletas e incluso desempleados se volvieron pescadores y hay una crisis en la isla de inimaginables consecuencias por cuanto se habla ya de una emigración masiva de paisas y costeños que suplirán las ofertas laborales que han surgido a raíz de que todos —repito— se volvieron pescadores.

Así las cosas, resultó peor el remedio que la enfermedad y estas vacas gordas que están viviendo cientos de isleños y cuya bonanza llegará a su fin dentro de pocos meses, ocasionarán más desempleo y por ende más problemas de violencia e inseguridad, porque los hoy pescadores, al no tener ya la ayudita y haber perdido —muchos de ellos— su trabajo, les tocará delinquir para poder comer...

 

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