Por: Cartas de los lectores

Todos somos todos

Quiero responder por este medio al editorial titulado “El problema de ridiculizar el ‘todos y todas’”. Lo primero es reconocer que el lenguaje inclusivo es una reivindicación válida, especialmente en lo que tiene que ver con sus consecuencias jurídicas. La igualdad ante la ley es un principio irrenunciable. Sin embargo, el problema de ridiculizar el “todos y todas” no sólo se origina en quienes así lo hacen, sino también en quienes se quieren aprovechar de una causa justa para sus propios fines políticos. Es así como terminan por convertir lo que en otras circunstancias debería ser un debate serio sobre la igualdad de género en motivo de burla generalizada. Lo mismo en lo que se refiere al feminismo recalcitrante, una de cuyas representantes, Florence Thomas, exige que la Alcaldía use un lenguaje “neutro”, sin molestarse si quiera en abrir el diccionario y ver que lo primero que aparece frente a la palabra “todo” es “neutro”.

Dice el editorial: “… cabe preguntarse si no estamos, en la práctica, dejando por fuera a personas que no se sienten identificadas en las palabras empleadas”. Es obvio que en algunos casos así es, como cuando decimos “el hombre” y en realidad nos estamos refiriendo al ser humano o a la humanidad entera, o cuando utilizamos la expresión “horas-hombre” como si la mujer no trabajara, cuando está probado que trabaja el doble. Pero en el caso de “todos y todas”, el “todas” es innecesario y redundante. Si hay una palabra inclusiva por definición (así, con negrillas) en nuestra lengua es precisamente esa: “todos”. Porque “todos somos todos”, como decíamos muy inclusivamente en mi colegio mixto. Respondamos con sinceridad: ¿a quién se le pasa por la cabeza que cuando el Estado dice, por ejemplo, que “todos debemos cumplir la ley”, las mujeres están exentas? Repito: todos somos todos, es decir, sin exclusiones.

¿De las siguientes expresiones, cuál es más (o menos) inclusiva?: todo el mundo, toda la gente, todos los seres humanos, todas las personas, Raimundo y todo el mundo… Ninguna, por supuesto. Porque todos somos todos. El lenguaje, como manifestación social por naturaleza, se construye sobre un andamiaje de convenciones y reglas que todos aceptamos para podernos comunicar y entender. Es obvio que los cambios sociales exigen modificaciones en esas convenciones y reglas sociales para que reflejen un nuevo estado de cosas por el que se ha luchado por tanto tiempo. Pero lo que no podemos hacer es adoptar posiciones extremas que no sólo tienen consecuencias sobre la estructura, la cadencia y la manera en que el lenguaje fluye, sino que además pueden tener serios impactos financieros en el bolsillo de los contribuyentes (que también somos todos porque las mujeres no estamos exentas de pagar impuestos y la que así lo crea, que haga el intento de no pagarlos).

En suma, la igualdad de género es un tema demasiado serio como para trivializarlo con peleas políticamente motivadas en los estrados judiciales.

Patricia Ardila

 

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