Por: Mauricio Rubio

Todos son iguales, cacharros

El tristemente célebre asunto de escritores invitados a Francia sin escritoras deja varias lecciones.

Aunque fue una gaffe de dos mujeres acomodadas en el poder, quedó confirmado que en una sociedad machista con educación deficiente los agravios son responsabilidad del patriarcado, que tiene sus esbirras (sic). Defendiendo lo indefendible, algunos escritores confundieron una mala decisión burocrática con una señal de mercado.

Descubrimos otra faceta de una feminista versátil, ponderada y ecuánime, la crítica literaria. Dejó entrever un remedio drástico, doloroso, pero a largo plazo inevitable: censurar, tal vez quemar, novelas masculinas, por su flagrante misoginia.  Empezando por Gabo, cómplice de sus indómitos personajes, todos los escritores del boom latinoamericano son “asquerosamente machistas” y sus nefastas enseñanzas solo podrán superarse cuando privilegiemos la literatura femenina.

Una joven escritora reveló sus dotes de ensayista. Con dinero para escribir y estudiar literatura en la Universidad de California, conocedora de la simpleza de los personajes femeninos en las novelas de hombres, se fajó una disertación tan filosófica como científica sobre masculinidades. Generosamente compartió pormenores del trabajo de campo para su tratado sobre el género masculino, breve pero deslumbrante. “He estado tranquila, observándolos en fiestas: hablando entre ellos. Presentando sus libros: entre ellos. Los he visto en bares, y mientras yo bailo, ellos se quedan en una esquina, entre ellos. A veces hablo con ellos, a veces ellos conmigo, y algunas de esas veces siento que hay una masculinidad que quiere salir de la brutal relación ‘oprimidas vs. opresores’. Ese presagio de masculinidad no quiere un mundo solo entre ellos, porque francamente qué puta pereza”.

Con igual profundidad describió la angustiosa realidad de escritoras como ella. “Operamos a muerte en dos frentes: el esencial, habitación y dinero; y el social-político: ser reconocidas como sujetos”. En contraste con la muelle vida masculina, denuncia la agobiante necesidad de trabajar ocho horas diarias o más “para comer y pagar la habitación propia” y, encima, escribir, convencer editores. Para más inri, toca “sacar tiempo para resistir y protestar, una y otra vez, para que nuestra presencia no sea tenida por broma en un mundo que de manera repetitiva y vulgar se decide entre ellos”.

Ellos, así, genérico, somos todos los hombres. Qué puta pereza la minucia. Si acaso, distinguir fachistas de progres, pero no mucho más. Todos somos machos alfa consagrados, como Trump, Putin, Uribe, Rajoy o Weinstein. Quien medio logre su visto bueno, pues Obama, Puidgemont o Fajardo, mientras pela el cobre.

Para medio entender por qué ellas aplanan las diferencias individuales me sirvió uno de los pocos modelos económicos que recuerdo de la universidad, el del “market for lemons” (mercado automotor de segunda mano, los cacharros) de George Akerlof. La idea es simple: ante la ignorancia del comprador de un vehículo usado sobre la calidad, optará por achacarle los desperfectos comunes en el mercado. El vendedor nunca arreglará los daños pues ese esfuerzo no será reconocido por una clientela condenada a la mala calidad, nivelada por lo bajo con retoques cosméticos. No compensa invertirle a algo caracterizado como “lemon”: mediocre, francamente defectuoso.

En los mercados de parejas, de amigos o de socios, debe ocurrir algo similar: ellas aguantando imperfecciones, sin que nadie responda, sin chance de garantía. Ellos, guardando apariencias, repitiendo el guion correcto, con sensibilidad de género, como hicieron algunos aduladores en el #MeToo. El comentario que toca, la buena acción del día y poco más. No paga esforzarse por cambios sustanciales si se sabe que todos somos igual de machistas. La reputación, la mala calaña masculina ya va en las alcantarillas. Es el corolario del cúmulo de acosadores poderosos cayendo como fichas de dominó. Una feminista gringa anota: “No soporto el feminismo si eso significa tener que asesinar a todos los hombres”.

Como un cacharro de quinta, la calidad de cualquier varón ni siquiera hay que testearla. En su muro de Facebook uno de ellos se atrevió a preguntarle a una comentarista: “¿Nos conocemos como para afirmar tan alegremente que soy machista?”. Rápidamente fue puesto en su sitio: “Yo no necesito conocerlo para saber eso”. Ellos son así, se sabe. No hay que identificarlos, ni interesarse por sus ideas, sus sentimientos, sus dilemas, sus proyectos o su historia. Es accesorio hablar con ellos. Como máximo, observarlos desde una pista de baile. Hablan carajadas, no piensan sino en sexo, no las oyen ni las dejan hablar, pero manejarán el mundo, su mediocre mundo patriarcal. Eso dictaminó una estudiante sacrificada en California que será escritora famosa, y la invitarán a Francia, y le darán el Goncourt, por ser mujer, porque se lo merece, porque con sus personajes diversos, con raíces pero con alas, empáticos e igualitarios, que “respirarán solos” en su obra, volverá trizas la masculinidad opresora, tal como anunció la nueva crítica literaria.

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