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hace 56 mins
Por: Daniel Pacheco

Tolerar a Nicolás Uribe

TOMEMOS LA COLUMNA DE NICOLÁS Uribe como una propuesta a dar un debate honesto sobre temas claves y controversiales como la homosexualidad, el aborto y las drogas.

Él se queja de la intolerancia de algunos “progresistas” hacia los valores que él defiende: la sobriedad, la familia y la vida. Una intolerancia, dice, con “intención totalitaria de pretender castigar, ridiculizar o estigmatizar a quienes opinen lo contrario”.

Esto es grave. Desde cualquier perspectiva (objetiva, subjetiva) está mal que en una democracia alguien sea castigado o estigmatizado por defender la penalización del aborto, el matrimonio gay o el consumo de drogas. Así no es posible un debate. No soy abogado, entonces lo digo con cautela, pero incluso me parece ilegal que esto esté sucediendo. Si el exrepresentante Uribe hace público quién ha sido castigado, seré el primero en unir mi voz de rechazo frente a semejante extralimitación de la autoridad.

Mientras tanto le propongo a Uribe que nos concentremos en el debate en sí y no tanto en las cosas que lo obstruyen. Vayamos más allá de los ataques personales, de lado y lado, y de la ridiculización del otro.

Primero sería bueno aclarar lo que no está en discusión. La controversia no es acerca del derecho a defender valores absolutos, como la familia heterosexual, la vida prenatal o los estados de conciencia no alterados. Ni siquiera se trata de argumentar que a estas personas les deben parecer aceptables o deseables esos tipos de comportamientos.

Lo que está en discusión es la forma como el Estado regula esos actos, sobre la base de los deberes y derechos de los ciudadanos. La posición que defiende Uribe es que los comportamientos mencionados arriba no son derechos y, por lo tanto, son intolerables. Por eso se justifica que el Estado ejerza su autoridad para impedirlos, incluso usando la coerción.

Visto así, resulta que la posición de Uribe es la que es por principio intolerante. Pone sus creencias como molde del comportamiento de los demás y asume que cualquier desviación es inaceptable y debe ser reprimida por el Estado. Piensa, por ejemplo, que el aborto es absolutamente malo y quiere prohibirlo para todas las mujeres, incluyendo a las que no comparten esa creencia.

Del lado opuesto, la posición de los progresistas es que hay ciertas decisiones sobre las cuales ninguna autoridad puede imponer su molde. En ese ámbito de la libertad individual, en el que sólo caben comportamientos muy específicos, el Estado tiene el deber de respetar las decisiones de los individuos.

La posición progresista es por naturaleza tolerante. De las creencias religiosas absolutisas, de los actos privados, y de las decisiones sobre el cuerpo de uno mismo, incluso si son autodestructivas.

La discusión es entonces sobre el límite de lo tolerable para el Estado. Habría que determinar caso por caso si el aborto, el matrimonio LGBT y el uso de drogas son derechos, por ejemplo.

Este es un reto concreto, al que ojalá se una Nicolás Uribe con sus argumentos.

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