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hace 13 horas
Por: Christopher Hitchens

¿Tomamos por la ruta equivocada en Afganistán?

RORY STEWART, PERIODISTA Y EX funcionario del Servicio Exterior Británico, ha sido uno de los más inteligentes y apasionados testigos de la liberación de Afganistán.

Así es que, cuando Stewart escribe, tan sobriamente como acostumbra, en el ensayo “La ilusión irresistible”, en la edición del 9 de julio de London Review of Books, hace que uno preste atención.

Permítanme citar su descripción del problema. Tal como es planteado usualmente por nuestros líderes: “Los formuladores de política perciben a Afganistán a través de las categorías de contraterrorismo, contrainsurgencia, construcción de Estado y desarrollo económico. Estas categorías están tan estrechamente vinculadas que pueden colocarse en casi cualquier secuencia o combinación. Es necesario derrotar al talibán para construir el Estado y es necesario crear el Estado para derrotar al talibán. No puede haber seguridad sin desarrollo ni desarrollo sin seguridad. Si tenemos al talibán tenemos terroristas, si no tenemos desarrollo tenemos terroristas y, como Obama informó al New Yorker: ‘Si hay espacios sin gobernar, se convierten en refugios para terroristas’”.

Hace ya un poco de tiempo que no he estado en Afganistán, pero cada vez es más difícil evitar la impresión de que alguna forma de desvío equivocado se tomó hace ya un buen rato en el camino. O quizá una serie de desvíos equivocados —en cualquier caso, una combinación de perder “la guerra contra las drogas”; depender excesivamente de los ataques aéreos que aterraron y dañaron a la población civil; ceder demasiadas zonas a los talibanes y a sus patrocinadores paquistaníes; y fracasar en frenar la corrupción, el amiguismo y apatía en los ministerios del gobierno de Hamid Karzai, que ahora avanza hacia una reelección que a nadie en particular parece inspirar.

Stewart subraya la improbabilidad de una “ofensiva” capaz de revertir esta situación. No hay grupos políticos basados en las masas en Afganistán y Kabul no posee la fuerza relativa y legitimidad de Bagdad. Los grupos tribales afganos no son accesibles como era el caso de los iraquíes sunnitas, y frecuentemente no exhiben el mismo nivel de coherencia y legitimidad. En estas circunstancias, los talibanes han sido capaces de emular cuando menos algunos de los éxitos de los mujaidines antisoviéticos, presentándose convincentemente como campeones de la fe y enemigos del intervencionismo extranjero, y convirtiéndose en gobiernos virtuales en algunas provincias y pueblos.

La situación, no obstante, no es tan absolutamente oscura como uno podía esperar. En mis propias incursiones en el interior afgano encontré que los talibanes también operaban con una desventaja gigantesca que los mujaidines previos no tenían: ya habían sido el gobierno de Afganistán y no eran amados por eso. Incontables personas, particularmente mujeres y habitantes urbanos, tenían memorias terribles de su régimen estúpido y cruel. Muchos afganos huyeron del país para escapar de ellos y sólo regresaron cuando fueron expulsados.

Varias poblaciones religiosas y étnicas, que también sufrieron mucho, difícilmente se someterán a otra ronda de control de los talibanes. Stewart subraya esto: “Las poblaciones hazara, tajik y uzbek son más ricas, establecidas y poderosas que lo que eran en 1996, y resistirían fuertemente cualquier intento de los talibanes de ocupar sus territorios. El ejército nacional afgano es razonablemente eficaz. Pakistán no está en posición para apoyar a los talibanes como antes. Se necesitarían mucho menos tropas y aviones internacionales que los que tenemos ahora para hacer muy difícil a los talibanes reunir un ejército convencional como en 1996 y llevar tanques y artillería por la carretera principal a Kabul”.

Si interpreto bien a Stewart y otros analistas, están advirtiendo que en Afganistán quizá estemos haciendo a los mejores enemigos de los buenos. Me recuerda lo que dijo ese gran radical galés Aneurin Bevan a los tories británicos durante la crisis de Chipre a finales de los años 50. El Gobierno no parecía saber, señaló, si deseaba tener una base en Chipre o tener a toda la isla como base. Extendiendo la analogía, ¿no será que  podremos moldear los eventos en Afganistán más cerca de lo que deseamos sin hacernos responsables de operar toda la nación y sociedad?

Y Stewart dice: “Una reducción del número de tropas y un leve alejamiento de la idea de construcción de Estado no deberían significar una retirada total: podrían continuar buenos proyectos en cuestiones de electricidad, agua, irrigación, salud, educación, agricultura, desarrollo rural ...”.

En el frente militar, Al Qaeda podría ser mantenido fuera de Afganistán —aunque fuera al costo de empujarlo hacia Pakistán— en la misma forma que hasta ahora: mediante el empleo de fuerzas especiales y supervisión aérea. Si algún señor de la guerra provincial talibán le da otro refugio seguro, no estamos inhibidos de atacar con fuerzas “desde el horizonte” basadas en países vecinos.

El problema podría ser que, en su ansiedad por evitar acusaciones de debilidad frente a Irán (y empezando en momentos en que la imagen de Afganistán y Pakistán estaba mucho más brillante que ahora), Obama quizá haya prometido en Afganistán más de lo que puede cumplir. Tal como está, ahora estamos comprometidos con un enorme aparato de seguridad cuyo costo sigue creciendo cada día, en tanto que los aliados de la OTAN están cada vez más inquietos. Incluso los británicos están expresando inquietud acerca del número de bajas y el cada vez más lejano horizonte de estabilidad política.

Por último —y a diferencia de Irak—, Afganistán no tiene economía, salvo la “informal” que nos hemos comprometido tan tontamente en desarraigar. Pero hay muchas opciones para no llegar a la desesperanza, y menos a la capitulación, y debería ser posible mencionarlas, además de pensar en ellas. El ensayo de Stewart proporciona un buen lugar para empezar.

 * Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual. Traducción de Héctor Shelley.

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