Por: William Ospina

Tomás González

Se diría que Tomás es el colombiano que no se ha resignado a la muerte.

Es el único que la interroga así, que la persigue, que la asedia, y que no parece dispuesto a soltarla hasta que ella entregue el último de sus secretos.

En un país donde abunda no sólo la muerte sino el crimen, la capacidad de infligir la muerte a los otros y bastante indiferencia para soportar sin inmutarse y sin protestar miles de crímenes; en un país que abre sin fin fosas comunes, que ve proliferar listas de desaparecidos, que ve cómo se multiplica el olvido bajo el austero epitafio de las letras NN, qué conmovedor es hallar a alguien capaz de detenerse en todas las variaciones de la muerte: la enfermedad, el desgaste, los ritos del adiós, los milagros atroces de la desintegración y de la ausencia, el surco largo de los duelos en que se van hundiendo los vivos.

Con el que muere, mueren un poco quienes lo rodeaban y lo amaban. Y Tomás sabe que la muerte no es un momento sino un largo proceso, que en definitiva vivir es morir. Como quería recordarnos Quevedo en sus sonetos, en el último momento de la vida sólo perdemos el último momento: todo lo demás ya estaba perdido. Cada día gastamos una fracción del tiempo que nos fue deparado sobre la tierra, pero casi no advertimos esa pérdida: soñamos inagotable el caudal de los días que quedan. Y en ese decurso la vida se gasta y se pierde. “La mayor parte de la muerte, siento/ que se pasa en contentos y en locura,/ y a la menor se guarda el sentimiento”. También lo había dicho Emerson: “Este perder es el verdadero morir/ este es el señorial yacer del hombre,/ este su verdadero y seguro declinar,/ renunciando a su mundo estrella por estrella”.

En sus novelas y relatos, Tomás González vuelve a ese asedio lúcido y obstinado. Lo suyo es como un inventario minucioso de las cosas del mundo, rituales, aprehensiones, miedos, dichas, percepciones, sensaciones, matices; esos cambios de la luz, esos estados del cuerpo, esos roces de un alma con otras, de una psicología con otras; él rastrea este juego continuo de ilusiones y alarmas, de memorias y presentimientos, de sobresaltos y frustraciones, de alegría y desengaño, porque esa vigilancia y ese asombro son su manera real de valorar el tesoro nervioso, la dádiva alarmante, esta cosa infinita y precaria donde no hay felicidad que no esté amonestada por la fatalidad y donde no hay desdicha que no contenga una almendra de consuelo y de maravilla.

“Una novela que no tenga un muerto me parece falta de vida”, decía Chesterton. Ello lo inclinó hacia el relato policial, donde la muerte plantea siempre un enigma que debe ser descifrado. Tomás lleva más lejos ese pensamiento: relatando la muerte cuenta en verdad la vida, quiere morir mientras escribe, quiere hacernos morir mientras leemos, para que conozcamos al final la experiencia increíble de la resurrección.

En uno de sus poderosos relatos, Verdor, el protagonista se va hundiendo en un duelo ineluctable, va perdiendo su sitio, su identidad, su voluntad. Vive un naufragio más vertiginoso que el del Descenso al Maelstrom de Edgar Allan Poe, para vivir también al final la experiencia de una salvación milagrosa. Y cuando ya todo es intolerable, cuando ya no se puede caer más, algo dice con el acento de Kafka en sus diarios: “Como las cosas no podían empeorar, mejoraron”. Y comienza el ascenso, la comprensión, el hallazgo de algo que sólo podríamos calificar de sublime.

La de Tomás es una experiencia mística al margen de toda religión. A la existencia aferrada desesperadamente al mundo le va siendo desprendido cada uno de sus tentáculos, pero ese despojo se transfigura en una liberación. La hondura de la muerte exige valorar cada brizna de hierba, cada grieta, cada campanada del reloj, experimentar su fragilidad y su prisa.

Entonces nos decimos que un país sólo puede entregarse tan neciamente a trivializar la muerte cuando carece de una valoración verdadera de la vida: sólo arrebatamos tan fácil la vida ajena cuando sentimos que la nuestra no vale nada. Es una joya que se arroja por el sumidero. El que es capaz de apreciar el grano de arena y la labor de la hormiga, puede saber lo que significa la muerte. Y sólo el que es capaz de entender “ese otro mar, esa otra flecha,/ que nos libra del sol y de la luna,/ y del amor”, sabe por fin lo que vale la vida.

Tomás piensa que sólo si sabemos vivir hasta el fondo el duelo de lo que se pierde podemos volver a ser felices. Y yo me digo que tal vez Tomás está haciendo, por primera vez, la gran elaboración de nuestro duelo colectivo. En contacto valeroso y lúcido con la muerte, como el marino que desciende con los ojos abiertos por las paredes del remolino, va enumerando todo lo que tenemos, lo que perdemos, va ponderando por fin su valor infinito y sagrado.

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