Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Tomás y Jerónimo irían a la guerra?

¿Los inolvidables Tomás y Jerónimo, retoños del macho Uribe, estarían dispuestos a abandonar sus negocios, sus viajes y sus lujos para ir al frente de batalla? O, para preguntarlo desde otro ángulo, ¿la señora Lina y su dinámico esposo animarían a sus hijos a abandonar lo que más aprecian, sus alforjas, e ir a combatir a las selvas?

¿Los hijos de José Obdulio Gaviria renunciarían a sus puestos de privilegio en editoriales y periódicos (los que él les regaló cuando tuvo poder gubernamental), para ponerse a disposición de las Fuerzas Armadas? Si el autodenominado “Centro Democrático” tiene éxito en su política de odio y retaliación, ¿habrá soldados rangeles, lozanos, lafouriescabales, valencias, ospinas, gómezmartínez luchando contra el “terrorismo” en la primera línea de fuego? ¿Tendremos procuradores envalentonados que, a falta de hijos hombres, ofrezcan a sus yernos, los padres de sus nietos?

La respuesta a todos los interrogantes anteriores es NO. Y si yo tengo que contestar, también diría NO: no permitiría, primero por principio y después por miedo, que algún familiar mío fuera a la guerra. Ellos, los belicistas, también sienten temor de que a los suyos les ocurra algo irremediable. Pero los ve uno muy apoltronados en sus espaciosos despachos; muy custodiados por escoltas que el Gobierno les proporciona; muy cómodos en sus salones y clubes pidiendo venganza… con el pellejo ajeno. Y aprovechando las tremendas equivocaciones de las Farc para reposicionarse políticamente cuando empezaban a perder terreno, la hipocresía dibujada en sus caras y expresada en sus palabras mientras abusan, con disimulada alegría por el papayazo que les proporcionaron, del explicable dolor de quienes sí le ponen el pecho a las balas.

Hay que tener ojos atentos: los abucheos al jefe de Estado en la marcha del domingo y en Medellín horas después no provienen de las masas indignadas —como pretende hacerse creer— sino de grupos dirigidos por una mano oculta. El domingo se manifestaban contra la paz que suponen que es sólo para Santos, unas señoras mayores y unas más jóvenes. También unos cuantos hombres, de civil y de pelo al rape. En Medellín, con todo el esfuerzo que hace por magnificar lo que le interesa al guerrerismo, doctrina que ha vuelto propia desde cuando hubo cambio de director, RCN Televisión no pudo encontrar en sus cámaras una panorámica de gritones, tan sólo unas decenas de ellos. Encímele las declaraciones repetidas en varias emisiones del padre de uno de los soldados masacrados por la guerrilla pidiendo la presencia de Uribe, y la de la esposa de un sargento malherido solicitando lo mismo. ¿Cabe la posibilidad de que esas peticiones hayan sido espontáneas? La respuesta es NO. Una cosa es que sus sentimientos de amargura sean auténticos. Otra, que su angustia no pueda ser manipulada por los enemigos de las conversaciones de La Habana, entre ellos, por supuesto, oficiales activos y retirados, aupados a su vez por el ultraderechismo del país que casa bien con el de ellos. Los extremismos son como gotas de agua. Por eso, en ocasiones como esta, se acercan tanto las torpezas de las Farc con los propósitos del uribismo. Las primeras le sirven su plato predilecto al segundo. Y le ponen en bandeja de plata el cuchillo para que pueda cortarle la cabeza a la posibilidad de convivir por primera vez en centurias en calma y relativa paz.

Entre paréntesis.- La extrema derecha estadounidense, representada en la hija del exvicepresidente Dick Cheney, responsable de la muerte de 100 mil inocentes en Irak, acusa a Obama de “colaborar con los terroristas del Al Qaeda”, “noticia” ampliamente difundida por el canal amigo de esa ideología, Fox. La ultraderecha colombiana que denuncia que el elitista Santos es un “guerrillero camuflado”, logró, por fin, disponer de su cadena Fox.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

Duque: de las palabras a las obras

El uribismo se enfrentará a una Colombia nueva

JEP: discutir con seriedad

Otra vez los presos…. y Uribe

La ley del embudo: el lado ancho para mí