Por: Lisandro Duque Naranjo

Tomémonos un tinto, seamos enemigos

UN AMIGO MÍO, ECONOMISTA BRIllante desde cuando era estudiante en la Universidad Nacional, ha tenido, ya como profesional, un desempeño exitoso en la vida pública:

presidente de gremios, profesor en doctorados de hacienda pública, conferencista nacional e internacional en simposios de altas finanzas y articulista frecuente, en publicaciones especializadas, sobre temas de esos que buscan afanosamente quienes necesitan saber si el dólar va a seguir cayéndose, o si la inflación es inminente, o en qué clase de negocios conviene invertir la plata, etc. Por su prestigioso currículum, obviamente, ha asesorado a mandatarios y a quienes aspiran a serlo. De uno de éstos últimos, que fue candidato, en vano, a la Presidencia de la República, cuando se creía que alguien distinto a Uribe tenía derecho a ejercer ese cargo, fue su orientador en temas económicos, razón por la cual sus amigos le augurábamos que, de ganar, sería Ministro de Desarrollo o de Hacienda. Ya en vísperas de elecciones, durante una tenida, al referirnos a ese pronóstico, el hombre nos bajó de una diciéndonos: “A mí no me interesa ninguno de esos ministerios, yo el que pienso pedir es el de Defensa”.

Quién sabe cuál es el motivo para que a profesionales de disciplinas que no tienen una relación directa con la guerra, les seduzca tanto ese ministerio. Acaba de ocurrir con el doctor Gabriel Silva Luján, a quien después de cumplir con acierto en la Federación de Cafeteros y fundar por el mundo una eficiente cadena de tiendas Juan Valdez, se lo ve tan satisfecho —como si se tratara de un ascenso— en un cargo que lo obliga no propiamente a ofrecerle a la humanidad malteadas, granizados, capuchinos y tintos con sabor a café nuestro, sino a dar plomo y esparcir glifosato en nuestro territorio, y si toca, en uno que otro país colindante.

Ignoro si en Colombia hay más soldados que caficultores, o menos trilladoras que tanques blindados. No siendo el factor numérico lo importante en este caso, asombra la manera tan fácil como un profesional cuya trayectoria ha estado al servicio de restaurarle al producto colombiano por tradición, con iniciativas ingeniosas, su lugar de privilegio en los mercados internacionales, se deja convencer para asumir el manejo de un conflicto añejo y depravado, justo en momentos en que el gobierno que lo nombra hace esfuerzos por empeorarlo más y le entrega una cartera ya programada, en la que su capacidad innovadora no contará con la menor acústica, salvo en asuntos contables o administrativos. El doctor Silva, pues, clausura una gestión auspiciosa e inconclusa, y pasa a dedicarse al estudio de Clausewits y de los Escritos Militares de Mao, cosa que cuando el Presidente y los altos mandos le informen de operativos exitosos, él pueda festejárselos con los adornos teóricos adecuados, para no pasar por lego en la materia.

Suena melodramático, pero el nuevo ministro les ha dicho adiós a los alentadores reportes de bultos de grano exportados, para transarse por una rutina de bolsas de plástico llenas de cadáveres de soldados y de enemigos, y en muchos casos de inocentes a quienes se ha disfrazado de “guerrilleros” para simular victorias ficticias. Tiene ojo para un sucio el doctor Silva. Si hasta piensa uno que la contrata se la hicieron para aprovecharle sus destrezas internacionales de publicista y porque le ha ganado algunas batallas a Starbucks. De hecho, con simultaneidad a su nombramiento, y mucho antes de su posesión, se le adelantaron con una campaña mediática que pretende vendernos la imagen de que las tropas están conformadas por verdaderos ángeles de la guarda.

No deben estar muy satisfechos los caficultores de que el Gobierno les haya sonsacado a su directivo, y menos para instalarlo en un ministerio de reputación tan agresiva como el de Defensa.

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