Por: Mario Méndez

Torbellino y torbellinos

Muy refrescante resulta un certamen donde reinan las creaciones musicales más tradicionales, cuyo nombre remite por simple correlato a la tragedia de los torbellinos de la política colombiana y todo lo que sucede en los barrios, en las oficinas de los grandes corruptos, en los tejemanejes presupuestales: para escoger. Nada se salva en este torbellino nacional.

Entre el 2 y el 6 de noviembre se realizó en Tabio (Cundinamarca) el XXVI Encuentro Nacional del Torbellino y las Danzas Tradicionales. ¡Qué espectáculo el desfile por las calles, como si el acontecimiento se desarrollara en otro entorno, diferente de Colombia! Siempre será reconfortante ver y escuchar a los Gaiteros de San Jacinto (Bolívar), herederos de ese viejo inolvidable que fue Toño Fernández; a Beatriz Arellano, de la dinastía —¡esa sí deseable!— del malogrado Gerardo Arellano, sociólogo y cantante eximio, dechado de simpatía, víctima del despelote político-cocaínico del país que llegó hasta el punto de que la mafia hiciera volar un avión en que aquel viajaba, todo por la soberbia de mantener una aterradora máquina productora de billete.

En fin, por las calles de la población cundinamarquesa estuvieron Gloria Perea y sus sones y tambores del Pacífico, lo mismo que la gente de María Barilla, como si se propusieran hacer olvidar este interminable desfile —¡igualmente desfile!— de calamidades que va logrando incrustar en la cultura nacional la idea de que todo vale si se hace con viveza y audacia.

El torbellino de Tabio, el bueno, el del Festival que se clausuró el lunes festivo 6, estuvo acompañado también por Remembranzas de Aracataca, y por México, que mostró su arte multicolor para sumarse a los 25 años del certamen que recrea lo mejor nuestro folclor, dándole al pueblo la oportunidad de participar de la cultura musical y coreográfica.

Y desde luego estuvo Herencia de Timbiquí, con su marimba de chonta, los cununos y guasás, los mismos guasás que fabricaban los presidiarios que purgaron sus penas alguna vez en la isla de Gorgona, ese territorio paradisiaco convertido en prisión adonde nunca hubieran ido tal vez los responsables de los torbellinos malos, los que nos avergüenzan sin pausa, cada día más arriba en los estamentos del Estado, hasta quién sabe a dónde llegar.

Fueron 36 las agrupaciones que asistieron al Festival del Torbellino, en 11 delegaciones integrantes de la Red Nacional de Festivales de Músicas Tradicionales Colombianas, organismo que rescata mucho de lo que ha estado a punto de olvidarse. Y a punto de olvidarse precisamente por el desgreño oficial, cuyos funcionarios están más pendientes de alimentar con mermelada y vista gorda todo aquello que sirva para consolidarse en la cúpula del poder.

Quizás este tipo de eventos culturales reequilibran el espíritu de las gentes, hastiadas de tantos males, a modo de protección psicoanalítica. Dentro de los contrastes que presenta el ser nacional de los colombianos, encontramos entonces esta confluencia que se mueve en tan compleja dialéctica.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

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