Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Tormentas en el Congreso

El debate sobre la trayectoria de Uribe promovido por el senador Iván Cepeda en la Comisión Segunda resultó tan duro y acalorado como se esperaba.

 Creo que continuará; y de hecho lo espero. Porque sobre este tema es indispensable tener claro qué pasó, qué no pasó, y qué pudo haber pasado.

Por ahora, vale la pena destacar que la respuesta que dio el uribismo a las acusaciones revelan de manera transparente, como no podían dejar de hacerlo, su ADN. Uribe se lamentó amargamente de que lo “difamaran”, por lo que hizo la puesta en escena de la denuncia contra Cepeda mientras se adelantaba la exposición en su contra, pero él mismo es un experto como no hay dos en difamación y juicios temerarios. Uribe se dedicó a lanzar acusaciones gravísimas a diestra y siniestra, sin presentar pruebas, y con el propósito obvio de mancillar a sus adversarios e intimidarlos. Esto ya lo había hecho durante la campaña presidencial, y antes, cuando ocupó la primera magistratura y quería aplastar a sus opositores. A Jimmy Chamorro y Juan Fernando Cristo los puso de tramitadores de cheques de los narcos de Cali (a Cristo le sacó en cara una misteriosa reunión cara a cara que habían tenido, lo mismo que hizo hace un par de meses con Parody. Es una metodología). A Cepeda, naturalmente, lo tachó de agente de las Farc. Lo mismo a Canal Capital, “servil del terrorismo”. Ni hablemos de Santos, que entra en la casilla de “todas las anteriores”.

Junto con el uso de la injuria, el Centro Democrático se esmera en la crispación. Es cierto que el debate no daba para ánimos serenos, y sería injusto exigir gran ponderación a ninguna de las dos partes. Pero las miserias de un José Obdulio Gaviria, o las acusaciones sin respaldo del propio Uribe, son un plato demasiado fuerte incluso para nuestra brutal política. Esta crispación, dicho sea de paso, no es estilística sino estratégica. El uribismo necesita del grito, de la confusión, del escándalo, de la amenaza taimada, para prosperar. Siente, y con razón, que la serenidad lo mata. No es por azar que Francisco Santos, en un arranque piromaníaco que casa tan bien con su carácter, haya amenazado con “incendiar al país” si alguien “le toca un dedo” a Uribe (cito de memoria, pero espero que no maliciosamente).

Pero fueron aquellos asuntos en los que la bancada del Centro Democrático dijo verdades incontrovertibles, o al menos salidas del corazón, donde más quedó en evidencia. Ejemplo: Uribe nos contó que había admirado de verdad a Pedro Juan Moreno —por “pantalonudo”—, cosa que creo completamente sincera. Pero de paso reveló que lo había querido meter de ministro de Defensa, sólo que no pudo por no me acuerdo cuál inhabilidad. Me corrió un frío por el espinazo. Porque demuestra cuál es el personal político en el que se apoyan estas gentes, que no han aprendido nada, ni podrían aprender, de su experiencia en el pasado inmediato. Y que los llevó a poner de jefe de la agencia presidencial de inteligencia a un hombre de los paramilitares. Qué digo hombre: “un buen muchacho”, “de excelente familia”.

Es que las relaciones peligrosas de Uribe con una miríada de personas y fuerzas semi o ilegales son un hecho público y notorio, y quedaron plenamente consumadas y legitimadas durante su presidencia (“voten por mí mientras no estén en la cárcel”). Que aparezca o no una prueba reina es materia de debate: un debate importante y legítimo, en el que naturalmente el uribismo puede y debe presentar todas las evidencias a su favor. Pero no podemos dejar que el país olvide el fundamental hecho político subyacente, el de las relaciones peligrosas que marcan a ese movimiento extremista. 

Francisco Gutiérrez Sanín *

 

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