Por: Armando Montenegro

Toros y otros animales

El pronunciamiento reciente de Vargas Llosa sobre la prohibición de las corridas de toros en Bogotá es una oportunidad para destacar algunos hechos sobre el tema.

En primer lugar, en esta determinación no participó el Concejo Distrital ni la ciudadanía (el voto del Parlamento de Cataluña y un referendo popular en Ecuador decidieron la suerte de las corridas en esos países). En Bogotá, la decisión la tomó una sola persona, el alcalde, quien simplemente optó por no renovar el contrato para el uso de la plaza La Santamaría.

En segundo lugar, la motivación de la decisión —el evitar que haya espectáculos violentos en la ciudad— es evidentemente débil. Si ésta fuera una razón válida, también se debería prohibir buena parte del cine (en particular, las películas de Batman, famosas ahora por su relación con la reciente masacre de Denver).

En tercer término, no se tuvo en cuenta el argumento sostenido en estos días por el Nobel peruano, de que debe primar la libertad de asistir o no a las corridas de toros. Quienes las detestan simplemente pueden votar negativamente con sus pies.

Los políticos defensores de la prohibición, quienes, con intolerancia, anuncian que se debe imponer su punto de vista sobre el de los amigos de los toros (elitistas y crueles, en su concepto), no se refieren al otro argumento serio en el debate, el que sostiene que los animales comparten con los seres humanos la capacidad de tener conciencia, sentir y sufrir y, por lo tanto, sus “derechos” deben ser tenidos en cuenta. Ésta es la tesis, entre otros, del filósofo Peter Singer, impulsor del movimiento Animal Liberation, quien nos recuerda que este punto de vista ha sido compartido por numerosos pensadores a partir de Bentham en el siglo XIX.

De acuerdo con estas ideas, si fueran consistentes, los que se preocupan por la crueldad de la fiesta brava deberían examinar, por ejemplo, las condiciones de la crianza y sacrificio de 200 millones de pollos y 400.000 cerdos que se consumen cada año en Colombia (al fin y al cabo, sólo se matan unas cuantas docenas de toros de lidia).

Las grandes reformas en favor de los animales en Europa y Estados Unidos han comenzado precisamente por regular los experimentos con ratones y conejos, así como las condiciones de confinamiento, movilidad y sacrificio de los animales cuya carne es consumida por los hombres. Son notables los avances regulatorios de Inglaterra, Suiza y Estados Unidos en estas materias.

Y para no ir al caso de los millones de pollos, pavos y cerdos que podrían estar siendo maltratados en Colombia, es increíble la permisividad con los cientos de carros de caballos, a veces sobrecargados, halados por animales enfermos, que todos los días se ven en nuestras ciudades. Aparte de la crueldad y el impacto sobre el tráfico, es sorprendente la demora en establecer una política para inducir a sus dueños (por medio de subsidios para la compra de vehículos de carga motorizados) a dejar esta práctica para siempre.

En lugar de sostener una discusión seria sobre el maltrato de los animales en Colombia, la misma que hubiera surgido alrededor de un referendo o una votación sobre el tema, el asunto de los toros se despachó de manera sumaria. El tema quedó cerrado y se perdió la oportunidad de examinar un asunto importante para la vida de los colombianos y sus millones de animales.

 

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